martes, 12 de abril de 2011

LA POSESIÓN (1981)

Andrzej Zulawski propone con "La posesión", una de las más inclasificables y perturbadoras cintas de terror de la historia del cine europeo, que he tenido la suerte de poder ver, ya que su distribución ha sido con cuentagotas.
Marc regresa a Berlín para intentar reconciliarse con su esposa y así poder estar cerca de su hijo en común, pero Anna acaba de abandonar a su amante por un ser aparentemente monstruoso que al parecer la tiene enloquecida de pasión.
La sinopsis se reduce a dos simples lineas, pero la tremenda complejidad del trasfondo me aturdió y me dejó anestesiado por completo tras el visionado, y eso es alentador porque no se consigue fácilmente.
La película resulta en sí muy atrevida, hipnótica y delirante. Contiene histeria colectiva y personajes fuera de lo común, (sin contar al monstruo todavía) y nos regala escenas completamente desquiciantes, grotescas, pesadillescas.
Incapaz de dejar indiferente a nadie, el valiente que decida verla estará ante una bien singular filmación terrorífica que desmontará por completo sus valores predeterminados, y descolocará cualquier intento de análisis sensato acorde a un desenlace caótico y enloquecido.

Isabelle Adjani, metidísima en su rol
La pose de la grulla, momento delirante entre tantos otros
Marc (Un Sam Neill que nos honra con una gran interpretación) y su parteneir Anna (una Isabelle Adjani completamente insuperable), son perfectos para tal hazaña insana, y además se les une un actor alemán (Heinz Bennent) que pone la guinda en dos de las mejores escenas del filme.
El comportamiento de la mujer de Marc va de mal en peor, haciéndonos ver que el bicharraco en cuestión la tiene sometida a un ejercicio sexual sin parangón al que está completamente atrapada (la escena que ella se lo hace con el monstruo es aterradora y asquerosa a partes iguales).
El bueno de Sam, demostrando su talento
Contiene fragmentos destinados a hacer historia, como por ejemplo la posesión (del todo sexual) en el metro de Berlín (tremendamente inquietante), las sobreactuaciones incomprensibles del amante (ese arte marcial irreconocible con poses amaneradas tan extrañas)  o las continuas peleas a hostia limpia entre la pareja protagonista, auto-lesionándose y padeciendo de locura a grandes dosis.
En fin, una elección indigesta, muy difícil y sin definición concreta, sólo para envalentonados con ganas de experimentar algo diferente, ni mejor ni peor, tan solo muy distinto.


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