martes, 24 de mayo de 2011

EL HOMBRE QUE RÍE (1928)

Igual que El jorobado de Notre Dame (1928), esta historia está basada en un libro de Víctor Hugo y nos sitúa en Inglaterra en 1690. Gwynplaine (Conrad Veidt) el el hijo de un noble que ha caído en desgracia y que será ejecutado cruelmente por el rey Jacob II mediante el brutal uso de la dama de hierro (una especie de sarcófago articulado lleno de pinchos por dentro). Como final de su venganza, venderá al niño a los Comprachicos, unas bandas terribles que se especializaron en esa época en conseguir niños para deformarles la cara y/o el cuerpo para lograr que tuvieran expresiones o formas grotescas, y luego venderlos a ferias como meras atracciones (da grima solo pensarlo). El pequeño quedará deformado para siempre con una perpetua sonrisa en su cara, pero tendrá la fortuna de ser abandonado a su suerte antes de ser embarcado con los comprachicos (excelentes imágenes con el barco partiendo). Deambulando perdido en medio de una tormenta de nieve, encontrará una mujer muerta por el frío que aún lleva en sus brazos una niña ciega recién nacida. Salvándola de morir de frío, acabará llegando hasta la carreta de Ursus, un cómico ambulante quien les dará cobijo y un futuro en el mundo del espectáculo, donde será exhibido para mostrar su deforme rostro, ignorando su condición de noble de la corte. Película extraña donde las haya y que me ha dejado un sabor agridulce al acabarla. Por un lado tiene un arranque fantástico y con una preciosa estética (ver foto con el pequeño vagando entre los ahorcados), un personaje muy bien interpretado por Conrad Veidt (quien llevó una molesta prótesis con hierros fijados en el interior de su boca para crear esa expresión), también una grandísima ambientación, pero tiene un ritmo irregular que hace que la historia se vuelva un tanto lenta e incluso insulsa en ciertos pasajes. Como marcaban los cánones de la época, también hay una historia de amor y en esta ocasión a tres bandas, pero que no son lo más interesante de la obra. La definición de los
personajes es buena y destacaría a parte del protagonista (su tristeza interior nunca puede ser expresada con facilidad por su deformidad facial, pero sabe transmitirla), a Olga Blacanova en su papel de condesa, con un personaje muy, muy sensual para la época, con una lograda escena de un desnudo (mientras es espiada por la cerradura de su habitación cuando toma un baño) y que fue censurada en su momento, o el viejo Ursus, muy expresivo para la época.
La película es muda, pero nos encontramos justo en la frontera de cine mudo/cine sonoro, y aunque el director, proviniente del expresionismo alemán, la rodó como muda, se le añadieron efectos de sonido a posteriori (por ejemplo en escenas con mucha gente se incluye un griterío o todo tipo de sonidos como cadenas o lo que conviniera en la escena, incluso música), que chocan con los típicos carteles de intertítulos tan típicos del cine mudo. El personaje está claro que inspiró a uno de los archienemigos de Batman, el Joker, y es que esa sonrisa es inconfundible hoy en día (el propio creador de este personaje reconoció haberse inspirado en esta película para crearlo). Una propuesta interesante, aunque no un clásico imprescindible en mi opinión.

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