
La historia ya la conocemos. Frank Castle se dedica a eliminar por su cuenta a los mafiosos criminales que tiempo atrás le mataron a su mujer y a su hija, quedando de él tan sólo el espíritu más vengativo. Su cruzada se entorpece por una accidental muerte a un oficial de policía, que Frank lamenta profundamente.
El último mafioso que debe "castigar" tal vez sea el más peliagudo, un villano (Dominic West) tan egocéntrico e irrespetuoso que se lleva una buena tunda, y con desfiguramiento incluído. Tras ese correctivo, y visto que su hermosura se ha transformado en una cara como una pelota de béisbol, se hace llamar Jigsaw.El hermano de éste, Looney Bin Jim, es un enajenado de psiquiátrico que lleva ingresado demasiado tiempo. Su enfermero será el primero que padezca las consecuencias de su furtiva liberación. Ambos intentarán reunir un barrio bajero ejército (entre etnias bien distintas) para llevar a cabo sus planes, como de costumbre. Lo más sorprendente de esta mal llamada segunda parte (en inglés es simplemente Punisher: War Zone) es su rigurosa ambientación del original, cuidando una estética oscura, un personaje parco en palabras y una acción desmedida, llena de brutalidad en pantalla. Es, por pequeños detalles, superior a su versión del 2004 (tampoco era muy difícil), pero se palpa el inestable pulso de una cineasta poco experimentada y consigue desvanecerse poco a poco hasta cansarnos por quedarse sin ideas.



En sí, lo mejor de todo es la ambientación oscura y feroz que desprende, pero queda mermada de interés cuando los villanos comienzan a parlotear (una escena muy idiota la de los cristales) o las influencias familiares que frenan la carnicería final del Punisher.
No podemos decir que sea una mala película pero diremos que tampoco resulta de las buenas. Un producto consumible esporádicamente, sin ánimo de repetir plato en el mismo restaurante.
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