
Paralelamente, el joven Joe Gillis se nos presenta como un escritor de poca monta que malvive en Los Angeles y que cierto día, huyendo de unos acreedores que le quieren embargar el coche, se esconde en la mansión de Norma. Tras colarse en la casa, descubre que la actriz posee una fortuna muy sustanciosa y que además, está dispuesta a remunerarle por ayudarla en un guión en el que lleva tiempo trabajando y se supone significará su tan ansiado y pletórico regreso al cine.

Hacer mención directa al trabajo de Gloria Swanson como la señora Desmond sería lo justo, ya que su actuación es desproporcionalmente mejor de la de cualquier otro en este film. Su manera de interpretar a una actriz retirada de cine mudo resulta brillante, con ese toque melodramático en su manera de gestualizar y sobreactuando muecas que resultan sencillamente espléndidas. Tal fue la incursión de la actriz en su papel que, según palabras de su propia hija, se llevaba el personaje a casa y actuaba así todo el día, sin dejar el papel de Norma tras oír la claqueta.


Hay decenas de anécdotas dentro de esta espléndida película, pero me quedo con un par de ellas dignas de mención. En su primera proyección, Billy Wilder comenzaba el film con un Joe Gillis asesinado y etiquetado en la morgue que despierta y comienza a hablar con sus compañeros muertos sobre cómo habían acabado allí, dando pie a explicar desde ahí su historia en voz en off. Al ver la reacción adversa del público ante tal propuesta, decidió cambiarla y comenzar con su cadáver flotando en la piscina, también con su voz en off. Una lástima, hubiese podido ser una escena memorable y simpática, aunque tal vez demasiado cómica teniendo en cuenta el tono general del film. En todo caso, dió lugar a la escena de la piscina, donde se utilizó un truco tan sencillo como eficaz. Filmar un espejo situado en el fondo de la piscina que daría la sensación de estar viviendo la escena desde el fondo de la misma, consiguiendo un resultado de lo más sorprendente sin sumergir ninguna cámara.
Debo confesar que la película no tiene desperdicio alguno, que se respira profesionalidad en todo momento y que puede que sea el trabajo más logrado del maestro Wilder, ya que hizo temblar los cimientos del Hollywood coetáneo hasta casi desmoronarlo con su acidez crítica.

La presencia de personalidades del cine mudo es de agradecer, con unos anecdóticos Buster Keaton, Anna Q. Nilson o H.B. Warner, todos compañeros de bridge de la señora Desmond. También el director Cecil B.DeMille hace su aparición de manera curiosa además. Wilder irrumpió el rodaje de Sansón y Dalila (que se estaba realizando realmente por aquel entonces) para filmar su parte, quedando para la posteridad una secuencia muy singular. La Desmond visita el set de rodaje donde DeMille está rodando, y en un momento de espera, se le acerca un micrófono junto a su cabeza que ella aparta enérgicamente como si de un bicho repugnante se tratara, aludiendo al cine sonoro que ella tanto detesta.

La nota negativa que podría extraer de la película sería la poco conseguida relación de nuestro protagonista con la correctora de guiones y algún que otro giro del todo suprimible en mi opinión (el pasado de Max con Norma por ejemplo).
En su momento, se le ofreció el papel de Holden a Montgomery Clift, que lo declinó porque en esa época vivía una relación con una actriz retirada muy similar al guión de la película, con lo que su interés fue nulo.
En definitiva, una película extraordinaria que eleva al gran Billy Wilder a la cima del cine, atemporal e incunable como pocos. Además, su duración no es una tortura, como a veces le sucedía.
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