
Ambientada con decorados de sonrojante cartón piedra (¡¡menudo tren!!), con un reparto tan variopinto como imposible (españoles, italianos, holandeses y alemanes hablando entre sí en un inglés de mercadillo) y diálogos propios de novelas de bolsillo, el director de Suspiria nos golpea con la que quizás sea su obra más decepcionante, y eso que las 3 últimas eran de juzgado de guardia.
La única manera de no salir huyendo tras sus primeros minutos es dándole la vuelta a su propósito y convirtiéndolo en una experiencia tristemente divertida (¿dónde se ha visto que al salir Drácula el cine rompa a carcajadas?), traduciendo así sus imágenes en puro vodevil y creándonos nuestra propia diversión ante tal desbarajuste, aunque no sea lo pretendido por el abrumado Dario.
Estacazos que no falten, como marcan los cánones vampíricos |
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Un engañado Rutger Hauer y su impotente Van Helsing |
Ni tan siquiera los esperados (y aireados) encantos de sus protagonistas (nos vendieron escotes y cachas para seducirnos) son destacables, ya que nos lo da todo al principio y el resto de metraje es de un puritanismo que espanta las aves.
En definitiva, un escarmiento para un público que aún confiaba en el genio del esteta italiano y que, como muchos pronosticábamos ya, salimos completamente desencantados, incapaces de haber vivido la historia gótica por excelencia y sin más ganas de vampiros en décadas.
Sino la peor película del Festival del 2012, ¡¡poco le queda......!!.
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