sábado, 3 de noviembre de 2018

GHOSTLAND (2018)

Un emocionado Pascal Laugier confesaba minutos antes de la proyección de "Ghostland", su cuarto largometraje, que hace 10 años Sitges fue determinante para que su carrera no se frenara en seco, pues la crítica francesa masacró "Martyrs (2008)", su obra más contundente hasta la fecha y un claro exponente de la denominada New French Extremity, hasta el punto de querer tirar la toalla. Irónicamente, obtuvo el efecto contrario en el certamen del pueblo catalán, más tolerante y abierto con estos géneros tan extremos si se quiere matizar, recompensándole con una acogida por todo lo alto, además de llevarse un premio por su impresionante maquillaje (mítico despellejamiento) y convertir su obra en un instant cult classic.
Queda patente, observando su corta pero intensa filmografía, que al galo lo que le apasiona es el terror sin concesiones. Más concretamente todo lo relacionado con el horror que rodea el cautiverio, explorando los límites y comportamientos humanos relacionados con la tortura física y psicológica, cruzando líneas rojas y pisando terreno espinoso siempre que puede.
Cierta predilección por el género femenino marca su estela fílmica, siendo ellas siempre las protagonistas de los calvarios que plantea, por así decirlo. No pienso que haya mayor lectura en eso, por más que algunos sectores quieran destapar desequilibrios sexistas o incluso sádicos en el autor.
Su nuevo trabajo, originalmente llamado "Incident in a Ghostland", sigue una estructura no por previsible menos respetable en el cine de Laugier, llevándonos de mudanza junto a una familia (madre y 2 hijas en la adolescencia), a una alejada casa que acaban de heredar, y siendo testigos de cómo son asaltadas por un par de dementes psicóticos, violentos y obsesivos, obligándolas a realizar extraños rituales.



Lo más interesante de Ghostland, además de su fiereza narrativa, siempre impulsiva, aterradora y valiente (solo hay que ver la tensa primera escena de las muñecas), es en qué punto se detiene Laugier a inspeccionar la psique del ser humano, alterando nuestra realidad y mostrando que en circunstancias extremadamente estresantes, la evasión de la mente es tal, que se distorsiona a una escala desconocida.
Es ahí, en esa idea tan peligrosa, donde coloca la lupa de nuevo el siempre atrevido cineasta francés, y no tanto en el dolor físico que sufren las protagonistas (que lo hay, y mucho, por descontado), pero que claramente le sirve como vehículo para llevarnos al borde del desquicio, cruzar esa oscura línea donde te desbordas por someterte a tus fronteras racionales.


Film pues de interesante poso discursivo, más sustancioso de lo esperado por bucear dentro de una premisa muy válida, con ecos de Lovecraft incluidos, pero que en su afán de no decepcionar a sus seguidores, acaba por disfrazarse de lo que se esperaba de él, volviendo al terreno del gore a cualquier precio, y a veces de forma gratuita, solo buscando el aplauso.
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