
En una "boutique" de la Riviera francesa conoceremos a Michael Brandon (Gary Cooper muy adecuado para este papel), un multimillonario americano que anda en busca de un pijama pero que tiene una peculiaridad, únicamente quiere la parte de arriba. Tras la lógica consulta del dependiente con el encargado de sección, y éste a su vez con su superior y éste a su vez con el dueño del establecimiento (delirante escena ésta, mostrando al jefazo sin pantalones de pijama en su casa), le deniegan su propuesta. Es ahí cuando aparece Nicole (Claudette Colbert) y le propone comprarlo entre los dos, pues a ella tan sólo le interesa la parte de abajo.
Nicole resulta ser la hija de un aristócrata francés empobrecido que ansía elevar su status social y olvidarse de sus deudas. Michael, atraído por la atractiva francesa persuade a su padre y le ayuda en sus finanzas (bueno, le compra una antigüedad en forma de bañera) para poder tener cerca a su soñada Nicole.

La farsa matrimonial es el motor narrativo del film, que criticará (con el lenguaje cinematográfico de los años 30, evidentemente) los pros y contras de un matrimonio de conveniencia de la alta sociedad. Sin la irreverencia de un Groucho Marx ante esos asuntos, el tema se resuelve mediante un tono cómico muy suave, sofisticado podríamos decir.

Su riqueza de guión y unas buenas interpretaciones por parte de la pareja protagonista (mejor Cooper que Colbert en mi opinión) hacen de esta película una delicada y sutil comedia rica en matices pero ácida y atrevida para aquellos tiempos (sobre todo en el aspecto sexual, con azotes incluidos). Sin duda, notamos la pluma de Wilder en muchos momentos (la escena inicial del pijama es una experiencia personal suya) y eso es signo claro de calidad argumental, aderezada además con una dirección artística de un talento evidente. Filmada en un contexto esnob y con ostentosos interiores, es una clara declaración de intenciones para el incisivo Lubitsch, que dispara más certeramente sus envenenados dardos hacia esas desalmadas sociedades en medio de ese planteamiento.

Sus apacibles 80 minutos se hacen reconfortantes de todas formas, pues sin estirar la idea hasta los límites del cansancio y manteniendo un pulso bien firme, consigue dejar una atmósfera muy cómica, sin casi pretenderlo.

Como me declaro poco defensor de las comedias sofisticadas (y si no, mirad mi experiencia con Desayuno con Diamantes) el asunto no me enamora o cautiva lo suficiente como para adorarla, pero comprendo su inteligente despliegue y pretensiones, así como algunas muestras de brillantez cinematográfica.
Anecdóticamente me quedo con una pequeña broma al comienzo del film, donde en un cartel de la "boutique" francesa antes citada, reza lo siguiente:
Hablamos Alemán, hablamos francés, hablamos inglés y entendemos americano. Muy Wilderiano, sin duda.
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