martes, 13 de octubre de 2015

SITGES DÍA 4 - LUNES 12 DE OCTUBRE

The Demolisher se ha convertido por deméritos propios, en la primera piedra en el camino dentro del Festival. Y es que más que una película canadiense sobre brutales venganzas urbanas, se descubre a sí misma como un interminable videoclip indie de escaso voltaje, a ratos inaguantable, por momentos desasosegante, bastante irritante en general y encima torpemente editada y/o montada.
Y si alguien tiene la culpa de este desaguisado ese es su perpetrador, el tal Gabriel Carrer, director y guionista, y por tanto, culpable de todos los cargos. Su film se sustenta en una puesta en escena totalmente desacertada, con un excesivo abuso del slow-mo (en su mayor parte sin razón), dentro de una atmósfera fallidamente grisácea, tratando de que sintamos la desolación y angustia del pobre Bruce (un pésimo Ry Barret), al que acaban de dejar minusválida a su mujer (igualmente pésima Tianna Nori).
Lo único que percibe el espectador en vez de esa atmósfera triste, es una capa gris de post-producción amateur, movimientos ralentizados por doquier que nada aportan sino falta de ritmo y una trama tan previsible y prodigiosamente lenta (en el peor de los sentidos) que acaba por convertir el doloroso drama urbano que en teoría es, en una involuntaria comedia sin gracia.
Ni siquiera las partes más desbrozadas del film, como las escenas de violencia, persecución o suspense, consiguen captar nuestra atención moderadamente, pues llegan tan tarde que la desconexión con la película es casi plena.

Un atormentado Bruce a punto de tomarse la justicia por su cuenta.
Ajusticiando a quién no debe
Lo peor del caso es que argumentalmente tampoco ofrece demasiado potencial, pues se centra en la venganza del protagonista (ataviado en un traje de anti-disturbios, uno de los pocos aciertos del film) con el grupo de criminales que postraron a su esposa en una silla de ruedas y como éste, tras mucho reflexionar entre lágrimas y cegado por la rabia, persigue finalmente a quién no es. Por otro lado, en una endeble segunda línea argumental se nos dibuja a una chica que compartirá el drama de Bruce de la manera menos deseada, y dejándonos quizás, la mejor escena de la película, la persecución nocturna.
Un fallido intento de drama salpicadito de violencia absolutamente prescindible, que no consigue dar con la tecla en ningún momento y que desafina en sus eternos 85 minutos de su metraje. Olvidable.
(Redactado por Jesús Álvarez).


Sobresaturados de temática zombi como nos encontramos, admito que el anuncio de la realización de otra película más, aunque fuese con el protagonismo del entrañable Schwarzenegger, se me antojaba innecesaria a la par que oportunista. Como aficionado al género de los "no muertos", me cansa ver cómo deriva su temática hacia lugares que me interesan bastante menos, como la extinción humana por enfermedades o virus, zombis dignos de las Olimpiadas expertos en kung-fu o con habilidades asombrosas pese a estar, supuestamente, podridos.
En ese sentido el contexto debería ser clave : un cementerio, de noche, niebla y esqueletos deshechos (o vestidos con sus destrozadas mejores galas) que se levantan de sus tumbas para aterrorizarnos con su escalofriante quietud. Esa pureza de género se ha perdido en pos de más dosis de acción sin tregua (Guerra Mundial Z), piruetas de cámara acelerada (28 días después) o incluso descafeinadas y sonrojantes love stories (Memorias de un zombie adolescente), por no hablar del sinfín de "películas con zombi" de por medio, bajo la excusa que sea.
Maggie, del novato Henry Hobson, sin duda se sube al carro de la abundante moda "of the dead", pero milagrosamente nos sorprende al dotarla de una sensibilidad y un trasfondo inusual dentro del género, otorgándole cierta entidad. La estructura del cine independiente parece ser el terreno más fértil para el mundo del zombi, pues conserva parte de su esencia original y permite un tempo más idóneo, menos corrompido por la corriente popular que ansía y exige un agotador ritmo videoclipero.

Maggie, infectada por un zombi y cada vez más consciente de su inminente destino.
El debut de Hobson centra su mirada en el dolor de un padre (Arnold Schwarzenegger) que protege con su vida a su hija de 16 años, Maggie, infectada / enfermada por un zombi. Aunque consciente de su inevitable y doloroso final, evita que las fuerzas del Estado la ingresen en un hospital como al resto para su exterminio, y se expondrá a su propia muerte con tal de pasar los últimos días con ella. Sea al precio que sea.
Arnold, más creíble que nunca.
Lo primero que sorprende del film es, sin duda, la insólita actuación del roble austriaco, con más matices que nunca y dejando la que, probablemente, sea la mejor interpretación de su hermética y monotemática carrera actoral. Su inmersión en el rol de padre angustiado, de matrimonio desquebrajado pero con un inagotable amor por su hija se plasma de forma muy coherente y creíble, casi prodigiosa teniendo en cuenta su historial interpretativo. Personalmente creo que su vejez y por ende, su bajón físico, le ha proporcionado más capacidades que cuando su portentosa musculatura se llevaba todos los honores.
La trama, aunque intermitente de interés, está bien calibrada, y pese a tener un desenlace más que evidente cuando no previsible, consigue captar nuestra atención mediante una puesta en escena cálida, triste y por momentos, casi poética. Se agradece que se enfoque el asunto desde un prisma nuevo, con menos cháchara explicativa y más sobriedad, pero cojea un poco al acercarse al mundo zombi, pues sólo hay atisbos del terror que el género de por sí demanda. Digámoslo de otra manera, el film funcionaría igual si la niña en lugar de estar infectada por un zombi sufriera una enfermedad terminal equivalente.
Es por eso que, aún vertiendo sabia nueva a un universo tan manido como éste, tengo la sensación de que se alimenta de él para catapultarse como obra independiente menor, en una época en la que morirse como un zombi "vende" más que ser un moribundo de cáncer. Sin restarle méritos al film, creo que parte de su concepción no es del todo honesta, más bien todo lo contrario. (Redactado por Jesús Álvarez).


Will y Eden sufrieron la pérdida de un hijo y la tragedia afectó la relación de forma irreversible, hasta el punto de que ella desapareció de la noche a la mañana en busca de una manera de superar el trauma. Tras dos años desde entonces, Will sigue profundamente afectado por esa terrible pérdida y el dolor persiste anclado en él. (Precisamente ese es uno de los ejes centrales de The invitation, el como se vive, se supera y se deja atrás o no, una de las peores experiencias que la vida nos puede poner delante). Para su sorpresa, Will y su nueva pareja han sido invitados junto a otros antiguos amigos, a la casa donde convivió con Eden para celebrar una cena de reencuentro. Al llegar allí le cuesta reconocer a la Eden que le recibe junto a su nueva pareja. Convertida en una mujer inquietante y extrañamente magnética, la reunión empieza con la lógica tensión (muy bien plasmada en pantalla) del reencuentro con una persona que se ha amado, pero a la que ya no identificamos con los sentimientos que despertaba en nosotros en el pasado. Con un ritmo lento en la primera mitad del metraje, paulativamente se van poniendo las piezas sobre el tablero, la mayoría de ellas sin demasiado disimulo, como las puertas cerradas, esas rejas nuevas en las ventanas y la insistencia a permanecer en la casa agasajados por unos anfitriones tan amables como turbadores, creando una tensión invisible pero palpable que crece minuto a minuto, especialmente para Will, muy sensible a todo lo relacionado con su antigua casa y su expareja. Lo que empieza a sembrar unas dudas en su cerebro y por ende en el nuestro: ¿Está pasando algo extraño o simplemente la evocación del pasado y los sentimientos de Will le están jugando una mala pasada y ve fantasmas donde no los hay? ¿Va a ocurrir algo o la cena proseguirá con la charla distendida y los juegos habituales en este tipo de quedadas?


Con una construcción de "corte teatral" y de desarrollo similar a lo visto en Un dios salvaje (2011) de Roman Polanski, tenemos una primera mitad en las que prevalecen las buenas maneras, la corrección por educación y las convenciones sociales; hasta un punto en que los instintos y la esencia real de las personas empiezan a tomar el control y a salir a la superficie. De esta forma, es en la segunda parte cuando la tensión entra en una espiral creciente, llegados a un punto sin retorno, en un ejemplar ejercicio de suspense que nos lleva hasta uno de esos finales que no se olvidan con facilidad.

Will reflexionando lejos del grupo... algo no encaja.

A destacar además el elenco de actores, especialmente el destrozado Will (gran trabajo de Logan Marshall Green para transmitirnos el dolor por esa herida que nunca cicatriza), quienes consiguen dar un verismo a sus personajes y credibilidad a la tensa cena.
The invitation deja imágenes para el recuerdo, da que pensar sobre el tema de la pérdida, así como vierte una fuerte crítica a las falsas apariencias y a las terapias de autoayuda focalizadas aquí con la siempre inquitante temática de las sectas. Una de las grandes sorpresas del Festival hasta el momento.
(Redactado por Marc Ventura)


La película Miss Hokusai nos sitúa en el año 1814 en la ciudad de Edo, conocida actualmente como Tokio, una de las urbes más pobladas de la época con todo tipo de gente atestando sus calles: campesinos, samuráis, comerciantes, nobles, artistas, cortesanas y con un toque de elementos sobrenaturales propios de las supersticiones del momento. Tetsuzo es un artista de unos 50 años muy dotado para su tiempo, de carácter irascible y sarcástico, no acepta ningún trabajo que no le apasione realmente por mucho dinero y sake que le ofrezcan. La tercera de sus cuatro hijas ha heredado el talento de su padre, y su misma obstinación, pintando a menudo en lugar de su progenitor, aunque sin llevarse ningún crédito por ello. Décadas más tarde, Europa iba a descubrir el talento de Tetsuzo, donde sería conocido por uno de sus tantos seudónimos: Katsushika Hokusai. Artistas como Monet, Renoir, Van Gogh o Klimt, entre muchos otros, serán admiradores de su obra, pero muy pocos serán conscientes de la mujer que le ayudó a lo largo de toda su vida y contribuyo enormemente a su arte. Esta es la historia de O-Ei, la hija de Tetsuzo, un vívido retrato de una mujer de espíritu libre ensombrecida por la gigantesca figura de su padre.


Keiichi Hara, autor de reconocidas obras como Colorful (2010) y El verano de Coo (2007), ha sido el encargado de adaptar el manga creado por Sugiura Hinako, mangaka e investigadora de las costumbres y del estilo de vida de Japón del Período Edo. La película se basa en esta obra de culto que fue editada entre los años 1983 y 1987 y en la que se retrata la vida de la hija de Hokusai, figura por la cual la autora llegó a profesar una gran admiración y fascinación. Destaca por una bella animación que nos sumerge en el Periodo Edo de principios del siglo XIX, donde con todo lujo de detalles se dibuja no solo la figura de O-Ei, sino de toda una época, sociedad, personajes reales que rodearon la vida de la artista y emplazamientos que serían representados en las pinturas de Hokusai y su hija, como "El puente Ryogoku" datada en el año 1830. Uno de los puntos fuertes y a la vez más compicados de plasmar en pantalla es la transmisión hacia el espectador de los sentimientos y motivaciones de un artista frente al mundo y una obra, la suya, que devienen el eje central de su existencia, caso es de Hokusai y de su hija, una mujer avanzada a su tiempo. De igual manera que pudimos ver en Mr. Turner (2014) un trabajo espectacular del actor Timothy Spall para dar vida al artista británico, no es menos cierto que en el film del que hablamos, los guionistas y animadores se hayan esmerado en intentar reflejar el mundo artístico de ese periodo de Japón, así como las inquietudes de la artista y del mundo que la rodea. Una película muy interesante y recomendable, pero que tal vez no sea apreciada por una parte del público por alejarse de los temas habitualmente tratados en el anime.
(Redactado por Marc Ventura)


"El eslabón podrido", con toda probabilidad, no tendrá su lugar en los circuitos comerciales comunes ni llamará casi la atención de los amantes más puristas del género y seguramente se acabe paseando sin pena ni gloria por festivales del fantástico; pero admito que, carambolas horarias aparte, su visionado ha sido para un servidor, una más que agradable sorpresa que me gustaría reivindicar.
El argentino Javier Diment, cercano y simpático como pocos, nos presenta una película de pequeño presupuesto pero grande de espíritu, con un sello personal muy latente y demostrando una formidable capacidad para contar historias. Sitúa su relato en una pequeña aldea con apenas habitantes, donde Raulo, un deficiente mental, reparte la leña a todos los vecinos (lo que le permite una espléndida presentación de personajes a Diment). Raulo vive en una cabaña con su madre Ercilia, ya en plena senilidad, y su hermosa hermana Roberta, prostituta del lugar. Las advertencias de Ercilia a su hija de que no se acueste con todos los del lugar porque sino una amenaza caerá sobre la familia, causará un verdadero revuelo en la aldea, y pondrá fin al natural sosiego que allí se respiraba.
Lo más interesante de Eslabón es que no se deja encorsetar en ningún género en concreto, zafándose sabiamente de éstos sin caer en el caos. Lo que empieza siendo una peculiar comedia de tintes costumbristas se pasa casi sin avisar a un incómodo drama, además con toques de inesperado impacto visual y ético para acabar siendo una suerte de slasher cruel y vengativo al más puro estilo "in the woods".

Los variopintos habitantes de la aldea, atendiendo al párroco
En apenas 75 minutos, y barajando la misma galería de personajes (en su mayoría fascinantes y brillantemente interpretados, con la increíble naturalidad propia de los argentinos), experimentamos todo tipo de sensaciones de más o menos intensidad, ya que el pleno de géneros abordados, a su peculiar manera, funcionan como tal, y no pierden fuelle al darse el testigo unos a otros o convivir puntualmente entre ellos.

Raulo y su hermana Roberta atendiendo a su senil madre en una crisis.
Un prodigio de producción tan sólo empañada por un inicio inapropiado (creo que adelanta un suceso importante que juega en su contra), algo de lentitud en su desarrollo o alguna que otra carencia en el dibujo psicológico de personajes concretos (esa mujer solitaria y tan solícita con Raulo, el matrimonio creyente, el propio párroco...). Por descontado, esos últimos y brutales minutos arriba comentados, carne fresca que sacia hábilmente el hambre de sangre que el seguidor del festival de Sitges demanda, no es más que un cebo para tratar temas más complejos de fondo, maniobra digna de alabar por parte del cineasta.
Con todo, rompo una merecida lanza por esta estimable cinta argentina que, pese a su naturaleza humilde y sus asumidas y limitadas pretensiones, llega a producirnos sensaciones tan dispares en tan poco tiempo. Y eso, tan sólo está al alcance de algunas pocas películas. (Redactado por Jesús Álvarez).


La última propuesta de este lunes nos situaba en la Francia de finales de la década de los 70 para reconstruir, sobre hechos reales, la historia de un asesino en serie que aterrorizó a los habitantes de una tranquila comarca de la periferia de París, cuando a lo largo de dos años se dedicó a asesinar una tras otra a jóvenes de la zona, a las que solía subir a su coche para terminar disparándoles a bocajarro. Un thriller policíaco, que para el desarrollo de la historia en lugar del habitual enfoque de seguir los detalles de la investigación policial y mantener al asesino más o menos en secreto, prefiere en esta ocasión tomar la otra alternativa, hacerlo desde el punto de vista del criminal, y así poder mostrar con todo lujo de detalles su día a día, motivaciones, fobias y peculiaridades que pudieron llevarle a actuar de esta forma. Desde la primera secuencia se nos muestra al asesino acechando a unas jóvenes que van en moto y como tiene que abortar en el último segundo, por la aparición de un testigo, el asesinato de una nueva víctima cuando ya la estaba encañonando tras haberla atropellado. Circunstancia que origina el título del film y que resulta de una carta que envía a la policía al día siguiente amenazando con que "la próxima vez apuntaré al corazón".
Cédric Anger, director de la película, estuvo en el Auditori para presentar el que es su segundo largometraje, basado en la novela de Yvan Stefanovitch.


En palabras suyas, su intención era la de crear una obra en la que el espectador en lugar de tener cada vez más ganas de que atraparan al asesino, estas fueran yendo de más a menos; y hay que reconocerle que lo logra, en parte gracias al enfoque desde la visión del asesino, permitiéndonos empatizar en cierta manera con el personaje (aunque seamos plenamente conscientes de lo imperdonable de sus actos), ya que nos va mostrando todo su patetismo, carencias, traumas, miedos, dudas y por supuesto, una buena dosis de pura locura. Por otro lado, gracias a la más que notable actuación de Guillaume Canet encarnando al asesino en cuestión y que lleva a sus espaldas prácticamente todo el peso de cada secuencia de la película, haciendo creíble toda la vorágine de emociones que le asaltan a lo largo del metraje.


Con una correcta ambientación de la zona periférica de París de aquellos años y un montaje que en ningún momento decae, seguimos con interés y tensión las evoluciones de un asesino que tiene la gran particularidad (no es ningún spoiler, nada más empezar ya lo dicen), el ser miembro de la gendarmería francesa, y que obviamente le permitió casi siempre llevarle la delantera a la policía. Muy correcta, hasta notable en ciertos aspectos, es una buena muestra de cine de psico-killers que más que centrarse en las orgías de sangre y truculencias, se enfoca en mostrar al personaje en toda su esencia, donde hay espacio para claros y oscuros.
(Redactado por Marc Ventura)
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