miércoles, 14 de marzo de 2012

EL NADADOR (1968)

Ned Merrill (Burt Lancaster) vive a las afueras de Connecticut en una zona residencial de clase alta donde no faltan las mansiones con lujosas piscinas. Cierto día, Ned decide ir de piscina en piscina hasta llegar a su casa, colina abajo, pasando por todas las residencias que conforman el camino.
Esta curiosa iniciativa llevará a Ned a interactuar con todo un vecindario que, cada uno a su manera, destaparán su vida hasta convertirla en una muy diferente.
Ese recorrido existencial del atlético y seductor señor Merrill suscitará muchas incógnitas sobre su persona, algunas abiertas a posibles interpretaciones, y otras en cambio, no dejan lugar a dudas del tipo de hombre que acaba siendo.
Considero este film como un acertadísimo dardo envenenado hacía la hipocresía de las clases altas norteamericanas, cuya famosa doble moral les convierte en personas frívolas y de peligrosa banalidad humana.
El recorrido del mujeriego Ned está repleto de misticismo contemplativo, como si nos contaran la degradación paulatina de un individuo que al principio parece tenerlo todo, y al final del día, ya no le queda nada.
Ese viaje es de difícil plasmación fílmica, jugando con diversas sutilezas visuales (ese cielo azul, las nubes en calma, los árboles, la naturaleza, el agua...) contrarrestadas con los vicios más comunes del ser humano como son el alcohol, el sexo o el tabaco, que consiguen distorsionar un inmaculado inicio con un desarrollo final más bien poco esperanzador.
Por otro lado, su mayor fuerte son las continuas especulaciones que el espectador está obligado a hacerse, convirtiendo su visionado en un ejercicio diferente, muy lejos del llamado cine comercial. El Nadador adquiere una dimensión tan peculiar que se sostiene enteramente con un personaje central, y encima, se pasa toda la película en paños menores. Burt Lancaster, que sin estar excepcional (sobre todo, fingiendo esa cojera extrañamente intermitente) dota al personaje de suficiente credibilidad como para que sintamos empatía hacia él en un inicio y acabemos por compartir ese repudio social del que es víctima una vez avanzada la cinta.

Los irregulares efectos de montaje y realización (la lluvia final, esas fiestas repletas de estáticos extras sin la más mínima dirección artística o las conversaciones en off con planos aéreos) no consiguen hacer naufragar un proyecto tan arriesgado como experimental, una idea comercialmente sustentada gracias a la aparición del astro Lancaster, que la consideraba su película favorita.
El actor supuestamente ganó 8kg de masa muscular para la ocasión (estos datos nunca han sido fiables), y realizaba flexiones y abdominales a destajo antes de cada secuencia con la finalidad de parecer más apuesto e incluso, rejuvenecido (cumplía ya 55 primaveras ese año).

Escenas de cierto compromiso escénico obligaron a los execrables censores de la época a cortar segundos de la cinta. Así pues, los que asistieron a su estreno nacional, se perdieron el trasero de la estrella californiana, cuyos segmentos han sido recuperados para la "decente" y actual edición en DVD.
Un componente más que destacar del conjunto es la interesante deconstrucción humana del personaje central, que pasa de ser admirado, reconocido y elogiado a completamente repudiado, insultado y expulsado por motivos de peso social (básicamente, por ser un impresentable advenedizo).
Tonteos estériles con jovencitas ilusas (representando el fin de su atractivo), continuos cubatas en cada casa (alcoholismo) y el frío vespertino cada vez más inaguantable (inestabilidad emocional), empujarán a nuestro nadador a afrontar su realidad, la soledad de alguien que vive a base de mentiras y que no ha conseguido más que desazón en su existencia adulta.
Una película a descubrir que tiene una virtud muy elogiable, su capacidad de hacer apología del propensamente fallido sueño americano, consiguiendo salir airosa del entuerto. Recomendable para degustadores de cine arrinconado que necesitan algo de mayor profundidad emocional e incluso ética (y para quién quiera ver durante hora y media a Lancaster en gayumbos, por supuesto).

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