jueves, 11 de octubre de 2018

FESTIVAL DE SITGES 2018: DOMINGO 7 DE OCTUBRE (DÍA 4)

Un emocionado Pascal Laugier confesaba minutos antes de la proyección de "Ghostland", su cuarto largometraje, que hace 10 años Sitges fue determinante para que su carrera no se frenara en seco, pues la crítica francesa masacró "Martyrs (2008)", su obra más contundente hasta la fecha y un claro exponente de la denominada New French Extremity, hasta el punto de querer tirar la toalla. Irónicamente, obtuvo el efecto contrario en el certamen del pueblo catalán, más tolerante y abierto con estos géneros tan extremos si se quiere matizar, recompensándole con una acogida por todo lo alto, además de llevarse un premio por su impresionante maquillaje (mítico despellejamiento) y convertir su obra en un instant cult classic.
Queda patente, observando su corta pero intensa filmografía, que al galo lo que le apasiona es el terror sin concesiones. Más concretamente todo lo relacionado con el horror que rodea el cautiverio, explorando los límites y comportamientos humanos relacionados con la tortura física y psicológica, cruzando líneas rojas y pisando terreno espinoso siempre que puede.
Cierta predilección por el género femenino marca su estela fílmica, siendo ellas siempre las protagonistas de los calvarios que plantea, por así decirlo. No pienso que haya mayor lectura en eso, por más que algunos sectores quieran destapar desequilibrios sexistas o incluso sádicos en el autor.
Su nuevo trabajo, originalmente llamado "Incident in a Ghostland", sigue una estructura no por previsible menos respetable en el cine de Laugier, llevándonos de mudanza junto a una familia (madre y 2 hijas en la adolescencia), a una alejada casa que acaban de heredar, y siendo testigos de cómo son asaltadas por un par de dementes psicóticos, violentos y obsesivos, obligándolas a realizar extraños rituales.




Lo más interesante de Ghostland, además de su fiereza narrativa, siempre impulsiva, aterradora y valiente (solo hay que ver la tensa primera escena de las muñecas), es en qué punto se detiene Laugier a inspeccionar la psique del ser humano, alterando nuestra realidad y mostrando que en circunstancias extremadamente estresantes, la evasión de la mente es tal, que se distorsiona a una escala desconocida.
Es ahí, en esa idea tan peligrosa, donde coloca la lupa de nuevo el siempre atrevido cineasta francés, y no tanto en el dolor físico que sufren las protagonistas (que lo hay, y mucho, por descontado), pero que claramente le sirve como vehículo para llevarnos al borde del desquicio, cruzar esa oscura línea donde te desbordas por someterte a tus fronteras racionales.
Film pues de interesante poso discursivo, más sustancioso de lo esperado por bucear dentro de una premisa muy válida, con ecos de Lovecraft incluidos, pero que en su afán de no decepcionar a sus seguidores, acaba por disfrazarse de lo que se esperaba de él, volviendo al terreno del gore a cualquier precio, y a veces de forma gratuita, solo buscando el aplauso.

J.A.


Ver una cinta de hostias orientales es una tradición inapelable en el Festival, y The night comes for us no la iba a dejar escapar. La dupla de films de The Raid causaron una pequeña revolución en 2011 y 2014, respectivamente. Desde Indonesia, el inglés Gareth Evans creó una de las obras definitivas del cine de acción mostrando un ritmo desenfrenado, una violencia descarnada y unas luchas de artes marciales que quitaban el hipo. Después vino Timo Tjahjanto, un director procedente del género de terror más “disgusting” (VHS 2, Macabre...), agarró a la estrella de The Raid, Iko Iwais, y nos lo hizo pasar pipa a todos hace dos años con Headshot (2016), una nueva muestra de acción y hostias sin concesiones.
Pero si Headshot era un producto que podríamos considerar de videoclub, pese a sus grandes aciertos, Tjahjanto se supera a sí mismo con una de las obras definitivas del género.
The night comes for us (2018) cuenta la historia de Ito, un hombre que trabajaba para la mafia, el cuál tendrá que proteger a una joven y escapar de su anterior banda criminal, en una violenta batalla en las calles de Jakarta.













Producida por Netflix, la cual permitió al director total libertad para hacer las burradas que quisiera, el film es un espectáculo alucinante que no da tregua. Da igual que la historia sea más fina que el papel de fumar, que ya ni recuerdas por qué están luchando ni el por qué de tantas muertes, y que hay personajes que vienen y van solo con la excusa de ofrecer alguna escena de acción más, la película te quita el aliento.
The night comes for us (2018) es la culminación del género, una obra que aglutina el silat (las artes marciales indonesas), el cine de acción de Hong Kong, las artes marciales chinas y el gore cartoon de La historia de Ricky (1991)
Las escenas de acción, salvajes y sanguinolentas a más no poder, son un festival de la carne hecha trizas, donde cualquier objeto puede ser usado para matar, un espectáculo cartoon pero no necesariamente cómico que nos shockea a cada segundo y que no deja de superarse minuto a minuto. Un film que pese a sus dos horas largas de duración no da respiro desde el minuto 1, a pesar de algún pequeño bajón de ritmo en su meridiano.
Iko Iwais vuelve a demostrar sus habilidades aunque cambiando a un registro algo más oscuro, cosa que se agradece, y Timo Tjahjanto ofrece una clase magistral de dirección realizando varias acciones en paralelo y sin perder en ningún momento ni el pulso ni el ritmo. 
The night comes for us (2018) es de obligado visionado para los amantes de las tullinas sin complejos, del gore salvaje y de la acción desenfrenada. Inolvidable.

Redactado por Adrián Roldán
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