viernes, 8 de febrero de 2013

TIEMPOS MODERNOS (1936)

Más temprano que tarde, todos los que nos consideramos cinéfilos y/o cinéfagos, terminamos aceptando nuestra deuda con el maestro Charles Chaplin. Y no únicamente por convertirnos en herederos de más de una docena de obras maestras del cine en clave de comedia, sino por demostrar al escéptico mundo del celuloide que a través de la pantomima y el humor también se pueden realizar verdaderas obras de arte.
Todos (quién más o quien menos) conocemos la genial y generosa filmografía del genio británico, sus increíbles aportaciones al territorio humorístico y su capacidad para mantener vigente su estilo aunque corran raudos los años. Así, a día de hoy, me gustaría rendir mi más sincera pleitesía a uno de sus regalos más extraordinarios y esenciales que él entregó al cine, su imperecedera y valiosa "Tiempos Modernos" (Modern Times, 1936).
Y es que pocas veces uno se deja engatusar tan rápido y tan gustosamente por el visionado de una película, aceptando su juego desde la primera escena (memorable Chaplin en la fábrica) y disfrutando como un niño que acaba de descubrir la arena de la playa.
No es mi intención mostrar las entrañas de este clásico desde mi obsoleto y aporreado teclado (aunque confieso que cada momento de esta deliciosa comedia -y roza los 90 minutos- merecería un extenso análisis y mi más absoluta veneración, pues pocas veces una misma cinta auna tantos aciertos), pero sí que rescataré aquellas secuencias y grandes momentos que se consideran ya parte del culto cinematográfico histórico.
En "Tiempos Modernos", Chaplin es un trabajador cualquiera de una fábrica cualquiera que asume sin rechistar el extenuante ajetreo de su día a día. Hora tras hora y sin casi descanso (delirante escena de esa máquina que alimenta al obrero sin que pare de rendir), atornilla frenéticamente las piezas de la cadena de montaje hasta acabar física y mentalmente anulado.
Un día, sobrepasado por las circunstancias, el obediente obrero comete "algunos errores" que le valdrán el despido (con esa maravillosa secuencia de Chaplin entre los engranajes de la fábrica, una ya incunable impronta para el ojo cinéfilo) no sin antes dejar para la posteridad ese atornillamiento descontrolado de todo lo que se terciara.



Al ser expulsado de su oficio, y sin mayor aspiración que conseguir otro empleo en época de crisis (me ahorro el comentario fácil al respecto..), el hasta ahora modélico ciudadano vivirá todo tipo de incongruencias sociales causadas por la irrupción de la imperante industrialización en la ciudad. Entrará en la cárcel por tildársele erróneamente de comunista para salir poco después convertido en un falso héroe, se enamorará de una chica pobre y huérfana e imaginarán una vida en común con "pequeños" lujos (en esa casa entre cochambrosa y romántica) o incluso se empleará en trabajos de toda índole (siendo, por supuesto, su momento álgido y muy "sonado y sonoro" su actuación cantada al final de la cinta).
Chaplin deja patente en su discurso que la deshumanización se acentúa sin remedio con la llegada de la industria al país (la poderosa era de la maquinaria) llegando a plasmarlo en pantalla usando únicamente voces a través de ellas, como si la llegada del sonoro (éste era su film despedida del cine silente) equivaliese al fin de una era, más cargada de artificios y de menos candidez humana que la muda.
Como remarco, aquí sólo hablan las máquinas, ya sea a través de pantallas en el trabajo (algo rabiosamente actual, por otro lado), megafonías o radios, y se dibuja una decadente sociedad absolutamente autómata, ilógica y repleta de incongruencias, tal y como reflejan las escenas de la fábrica, la manifestación, el interés del obrero en paro por entrar en prisión, los trabajos que éste acepta....que dejan claro que Chaplin no sólo lamentaba la llegada del cambio (dejar el cine mudo le dolió demasiado) sino que nos dice que parece no encajar demasiado en ningún "nuevo" ámbito social, ni dentro ni fuera.


Tiempos Modernos en rigor, no deja de ser una "colección de grandes momentos" de previos trabajos de Chaplin dentro de su dilatada faceta como cortometrajista, donde rescata secuencias de "Charlot en la tienda" (The Floorwalker, 1916) copiando el momento "escaleras mecánicas", "Charlot, héroe del patín" (The Rink, 1916), de donde saca la estupenda escena de los patines en los grandes almacenes o el hecho de ser empleado como camarero, extraído directamente de "Charlot camarero" (Caught in a cabaret, 1914), donde son idénticas sus habilidades en el servicio.
Lejos de restarle méritos al film por dicha razón, creo que en este caso particular resultó una auténtica genialidad rescatar esas, por otro lado excelentes secuencias, de sus trabajos previos para darles forma de largometraje, demostrando una vez más (y van...) su maestría y personalidad delante y detrás de las cámaras.
Pero quizás sea en ese punto donde me disminuya ligeramente el entusiasmo global y acabe por no darle la excelencia absoluta. Y es en la falta de humildad del británico a la hora de realizar sus proyectos.
Como ya subrayé en el post de "Monsieur Verdoux" , en mi opinión Chaplin suele pecar de autosuficiencia, acaparando casi el 100% del metraje y siendo dueño y señor de la cámara, evidenciando, una tal vez, desmesurada "autoridad" (en todas sus acepciones).
Su compañera de correrías fílmicas (dentro y fuera de plató), la bellísima (y simpatiquísima según cuenta Errol Flynn en su fantástico libro) Paulette Goddard, también tiene su momento de gloria, pero siempre a la sombra del verdadero protagonista, el soberbio (también en sus varias acepciones) maestro del humor mudo.


Detrás de sus más de una docena de brillantes escenas sin desperdicio (en la fábrica, en la cárcel, en el centro comercial, en el restaurante, en la casa abandonada...), de un irrepetible Chaplin cantando una canción popular francesa, de tocar con asombrosa sutileza las drogas (esa cocaína en chirona) o el alcohol, hay una verdadera historia de amor, tierna y esperanzadora como su frase final, donde el carismático obrero le dice a su bella huérfana mientras se pierden en la distancia :
- Nos las arreglaremos.

2 comentarios:

  1. Sin duda como bien comentas estamos ante una obra de arte.

    Que Chaplin es ególatra está claro, igual que un Hitchkoc. Pero quizás ahí esté lo grande de estos personajes.

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    1. Yo creo que todos adoramos al Chaplin tierno, carismático, azotado por la sociedad, incomprendido y humilde de sus películas (de casi todas); pero que una vez sabemos más sobre su verdadera personalidad fuera del disfraz cómico (su parte narcisista, ensimismado consigo mismo e incluso tirano), nos desencanta ligeramente, y aunque siga convencido de que fue un genio inigualable, parte de mi se asquea al ver sus verdaderas intenciones en la vida real, donde si no hablaba de sí mismo, literalmente se aburría (como comenta Errol Flynn en su libro "memorias de un vividor").
      En fin, que estaba bien lejos de tener la calidad humana de su entrañable alter ego filmico.

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