viernes, 19 de octubre de 2018

FESTIVAL DE SITGES 2018: JUEVES 11 DE OCTUBRE (DÍA 8)

Tras varios años tratando de encontrar financiación, por fin el proyecto cinematográfico para adaptar "Superlópez", el popular cómic de Jan, se ha convertido en realidad, y ya aterriza, nunca mejor dicho, en nuestras salas.
Sitges 2018 se ha reservado el privilegio de su estreno mundial, algo que su director, Javier Ruíz Caldera, natural de Viladecans, como fiel asistente al festival que ha sido durante años, le resultó un auténtico placer, pues ver proyectada su película en el enorme Auditori siempre es y será un orgasmo profesional.
Difícil empresa fue la concepción de su guion, ya que tomarse ciertas licencias en su traducción al cine podría haber hecho enfadar a una legión de seguidores puristas; sin embargo, haberse empeñado en respetar solo las viñetas de Jan a toda costa, hubiera podido, de igual forma, no funcionar en pantalla. 
Por suerte, el film ha caído en buenas manos, y el cineasta catalán, fan declarado de los cómics, se ha esforzado en otorgar un equilibrio entre el original y su difícil traslación al lenguaje cinematográfico, consiguiendo un resultado ciertamente agradable, en tono y forma, muy divertido (aunque quizás en exceso políticamente correcto) y bastante fiel, además de agregar ideas nuevas, que enriquecen en su mayoría, la historia de base.
Uno de los principales retos era escoger bien al personaje central, pues todo orbitaba alrededor de sus expresiones, torpeza gestual y semblante cómico. Se barajaron nombres como José Mota (que creo, lo hubiera decantado mucho al puro gag), o Imanol Arias, que habiendo sido Anacleto en el previo proyecto del director, quedaba lógicamente descartado.

Rovira como Superlópez
Tras meditarlo mucho y vencer sus posibles temores a no dar la talla, el cómico/actor Dani Rovira se enfundó finalmente el destartalado traje y asumió con descaro el desafío. Lo cierto es que nada se le puede reprochar al malagueño, más allá de algunos tics característicos e inevitables de su interpretación, casi nunca molestos. Si bien encarna a un Juan López algo más joven de lo esperado, consigue dotar al personaje de un cierto carisma y sabe plasmar la noble pero torpona forma de ser del paródico superman ibérico con bastante puntería, pudiendo afirmar que fue un acierto de cásting.
Un café con leche y un cruasán, cosas que no cambian
Acompañado por un elenco de rostros conocidos como el "chanante" Julián López (divertidísimo), Alexandra Jiménez (por la que siento especial predilección) o Maribel Verdú, se ha conseguido realizar una comedia ligera a la par que singular, con unos fantásticos efectos gráficos (por momentos incluso soberbios) y así hacernos disfrutar, esta vez en carne y hueso, del más famoso superhéroe catalán (recordemos que su nave se estrelló en Lleida).
Estamos frente a una cinta de aventuras sin mayor pretensión que hacernos disfrutar, que desprende humildad, respeto y cariño, subraya valores clásicos y que sabe, en todo momento, reírse de sí misma.
Algunos esgrimirán que le falta empuje, más mala uva o que se queda corta en su afán de retratar al héroe con bigote, pero al menos yo, he tenido una sensación muy similar al terminarla que cuando leía sus historietas. Misión cumplida entonces. ¡Ah!, y que alguien financie la secuela, gracias.

J.A.


"Valley of Shadows" (Skyggenes Dal), primer largometraje de Jonas Gulbrandsen, es una extraña aportación noruega al mundo del fantástico, tímidamente cautivador y ¿sobre?cargado de imágenes sugerentes, casi gélidas, donde no todo funciona pero que sí logra impregnarnos de una atmósfera de ensoñación, que juguetea con lo esotérico, y aportando al género algo más sobre ese desconocido pero apasionante subcultura escandinava sobre lo mágico y eterno.
Estamos ante una pequeña historia de un niño de apenas 6 años, Aslak, que vive junto a su madre en una zona remota de Noruega. Una trágica noticia que conmociona a la mujer, de inmediato precipita al introvertido joven a tratar de entender lo sucedido y embarcarlo en un viaje de crecimiento personal, en solitario, tanto físico como espiritual, a través del impresionante entorno natural noruego, percibiendo desde la óptica intacta de un niño los misterios y realidades del mundo que le rodea.
Lo subjetivo se distorsiona aquí con la realidad de forma severa, a niveles casi metafísicos, dentro de un film que tiene su principal baza en el enclave donde todo sucede, pues la fuerza de la Naturaleza otorga, por sí sola, un enorme poderío visual. Reminiscencias culturales autóctonas (que a buen seguro se me/nos escapan), junto a otras fuentes más manidas como la licantropía o el imaginario infantil se dan la mano dentro de un contexto que bebe de lo gótico y lo terrorífico, pero sobre todo de lo sensorial, convirtiéndose en una experiencia cercana a lo íntimo.
Razonablemente interesante, el filme sin embargo cae a menudo en el tedio por su fuerte apuesta de un ritmo en exceso onírico y pausado, afectado de demasiada intencionalidad emotiva. Sin el menor género de dudas, se trata de un diminuto proyecto repleto de valores, capas psicológicas y diferentes lecturas acerca de la transición generacional, el crecimiento espiritual o la difícil aceptación de una pérdida, además de servir como terapia al autor, en mayor o menor grado.

El pequeño Aslak, en su periplo vital

Poderosas imágenes cargadas de poesía inundan el pequeño film noruego

A pesar de que el fondo y la forma son coherentes entre sí (cosa que aplaudo), llegan también a provocar, al mismo tiempo, dos caras de una misma moneda. Lo que sirve a Gulbrandsen como escenario de su triste y educativa narración, nos adormila y a veces anestesia, a poco que desconectemos un minuto (que sucede). Su apagada puesta en escena, silenciosa y contemplativa, aunque bella y visualmente agradable, acaba por resultar narcotizante, y la omnipresencia del niño protagonista, expresión paroxística del ario de ojos azules y pelo dorado, enfría más si cabe la obra.
No resulta encomiable pero aporta un poco de aire nuevo al cine fantástico con sello de autor, además de indagar en conceptos complejos del ser humano, explorando campos de difícil transitar. Eso siempre se agradece, aunque el espectador no se enamore.

J.A.

lunes, 15 de octubre de 2018

FESTIVAL DE SITGES 2018: MIÉRCOLES 10 DE OCTUBRE (DÍA 7)

Atraídos por una siempre atractiva premisa de ciencia ficción espacial y bastante a ciegas por ser una ópera prima, nos decidimos a entrar en "Ederlezi Rising", del serbio Lazar Bodroza. Se nos anuncia, minutos antes de proyectarse, que el film contiene una suerte de relación decididamente tórrida entre un humano y una androide con I.A. (encarnada por la actriz porno estadounidense Stoya), algo que incrementa, como es natural, nuestro interés inicial.
Situados en el año 2148, y sin apenas recursos en nuestro planeta, algunas grandes compañías se dedican a colonizar nuevos mundos. Es el caso de la avanzada corporación soviética Ederlezi, que envía a Milutín, un astronauta yugoslavo, de viaje a Alfa Centauri para instaurar conceptos ideológico-políticos allí.
Nimani, una robot humanoide de avanzadísima tecnología, le "asistirá" en sus necesidades durante el largo trayecto, siguiendo en todo momento las reglas establecidas por un complejo software empresarial. Cuando un cada vez más inestable Milutín trate de desconfigurarla con afán de humanizarla, todo se complica y el viaje toma un rumbo inesperado.
La película de Bodroza, muy blandita y sin apenas ritmo, se queda muy lejos de alcanzar sus propósitos, tanto formales como filosóficos, dentro de un contexto que ni funciona ni interesa, y mucho menos convence.
El 95% de la cinta transcurre en el interior de una supuesta nave con intención de alcanzar nuestro sistema solar vecino, Alfa Centauri (situado a más de 4 años/luz, nada menos), pero ya tardan más de 6 meses en llegar a Saturno, por lo que perdemos cualquier rigor de temporalidad realista. Además de mostrar el interior de la astronave como si de un sótano de discoteca se tratase, con un panel de risa y amplios espacios del todo innecesarios. Un desastre conceptual inválido y grotesco, a todas luces erróneo.


Más allá de estas florituras cosmológicas, más o menos relevantes, la historia no ofrece mucho más que un romance poco estimulante (y muy poco tórrido he de decir), entre un inestable, impredecible y poco fiable astronauta ¿o ingeniero? altamente traumatizado y su cyborg customizado acorde a sus predecibles y peligrosos impulsos. Algo incomprensible como decisión empresarial, pues está destinado al desastre.
La supuesta "humanización del androide", leitmotiv sin sutileza alguna, apenas aporta matices ni invita tan siquiera a la reflexión, pues el film se ve superado por el asunto que trata, sin éxito, de abordar.
Únicamente algunos recursos de iluminación y la reconfortante presencia de Stoya (de madre serbia y ex de Marilyn Manson), dan lumbre a tan oscuro proyecto, y pese a que sus esfuerzos caen en saco roto, es ella la única que se graba en nuestra retina al terminar la proyección, y no solo por su marcada sexualidad, sino por impregnar de cierta elegancia un producto menor. 

J.A.


Cuando se cumplen ya 20 años del estreno de "El Show de Truman (1998)", y con su director Peter Weir y el gran Ed Harris como invitados al certamen de Sitges, se volvió a poner en la palestra aquél profético y cada vez más atinado argumento, que sin saberlo, nos avanzaba un mundo totalmente vigilado por las grandes compañías, atiborrándonos con anuncios cada dos minutos, convirtiéndonos en sus patrocinadores involuntarios y anestesiando nuestras mentes con mensajes subliminales que lamentablemente, ya damos como habituales.
No era la primera vez que el mundo del cine abordaba dicha temática, cierto, pero sin duda el film de Weir logró aproximarse más que ningún otro a la realidad que ahora nos toca vivir. Algoritmos que memorizan y estudian nuestras búsquedas online, cámaras en cada esquina y buena parte de nuestra intimidad seriamente asaltada, por no decir tontamente regalada, es la cara oculta de una sociedad teóricamente avanzada que trafica con nuestros datos personales como quien hace recuento de su rebaño.
Ahondando de nuevo en esta misma reflexión sobre la actual manipulación social y la esclavitud consumista y/o consumidora, el festival proyecta una propuesta cinematográfica de semejante trasfondo crítico y muy particular visión del borreguismo establecido, explorando a través de otra óptica, esta vez más terrorífica, el mismo terreno.
"Await Further Instructions", segunda película del británico Johnny Kevorkian, presenta en primer término a una joven pareja formada por Nick y Annji, de visita el día de nochebuena a la casa de los "muy conservadores" padres de éste, con el nerviosismo que eso acarrea, pues ella es de etnia hindú y se temen lo peor.
Las 3 generaciones de los Milgram se reúnen pero no parecen entenderse, aunque no será hasta la mañana siguiente, el día de Navidad, cuando descubran atónitos como una extraña y viscosa masa negra recubre toda la casa sin dejarles salir, aislándolos casi completamente. Únicamente unos desconcertantes mensajes aparecen periódicamente por televisión, actualizándoles la situación de emergencia y dándoles instrucciones cada vez más inquietantes si quieren sobrevivir.

Los Milgram en Nochebuena, la crispación aumenta...

El trabajo de Kevorkian, envolvente y hasta cierto punto críptico, presenta diferentes aciertos sobre todo en sus esfuerzos estéticos (el propio diseño de la masa negruzca) aunque luce una puesta en escena próxima a lo convencional, sin apenas intuición autoral, incluso percibiéndose en exceso televisiva. 
Algo externo parece fagocitarles
Aunque por momentos consiga ser asfixiante y casi terrorífica, lo cierto es que tras su ingenioso recurso del televisor dando instrucciones (está en la sinopsis, no estropeo la trama), y una vez entendido, casi machacado, el subtexto de una sociedad que te ordena y manipula como quiere, la cosa se estanca dramáticamente, sin atreverse a seguir metiendo el dedo en la llaga y tornándose previsible, gratuita, fútil e incoherente (el comportamiento del padre no obedece a la lógica del personaje, por poner un ejemplo).
Estamos ante un buen film, sin más, que logra sus mínimas pretensiones de base (el mensaje se capta rápido), pero culpable de simplificar en exceso un muy complejo entramado sociocultural, y salimos de su visionado sin que el tema nos haya suscitado más preguntas, pues se vende a los códigos funcionales de género. Lástima, pues podría haber volado mucho más alto si su mirada se hubiese tornado más atrevida, más punzante.

J.A.

domingo, 14 de octubre de 2018

FESTIVAL DE SITGES 2018: MARTES 9 DE OCTUBRE (DÍA 6)

Se avecinan nuevos tiempos para el cine con sabor hindú. Aparquemos esos prejuicios que tenemos sobre películas interminables repletas de  recatadas coreografías, empachos de colores vivos e historias de amor caducas que instauró Bollywood. La India también tiene su parte outsider, y aunque con embudo todavía, parece que nos van llegando producciones prometedoras, de nuevos autores que quieren romper los moldes de su país y así pulverizar fronteras, pues a la vista está que tienen muchas cosas que contar.
Una serie de filmes que de un tiempo a esta parte podemos ir degustando online o incluso por Netflix (caso de la divertidísima Baaghi, entre otras) y cómo no, también en festivales, están sembrando el optimismo en el público occidental, pese a las claras trabas culturales que impiden su total análisis o comprensión. Es el caso de "Tumbbad", una de las pocas proyecciones hindúes dentro de la programación del Sitges 2018, y que tras el buen sabor de boca que nos dejó "Psycho Raman" dos años antes, no tardamos en decidir escogerla.
La historia recae en esta ocasión sobre un joven que vive en las afueras de la ciudad de Tumbbad junto a su hermano, su madre y una bisabuela monstruosa a la que alimentan como pueden, pues lleva décadas casi momificada, sorprendentemente con vida, aunque bajo el raro influjo de algún tipo de maldición.
Solo la anciana embrujada parece conocer el secreto de un tesoro escondido, lo que llevará al joven a cometer todo tipo de imprudencias a lo largo de los años, aumentando su obsesión y dejándose llevar por la avaricia una vez descubre el misterioso lugar (una suerte de útero infernal), costándole incluso vidas ajenas y poniendo en riesgo a su propia familia.


A raíz de un concepto mitológico abstracto por el cual una diosa originó (dio a luz, más bien) el universo, Tumbbad juega su gran baza, crear gracias a un magnífico trabajo de fotografía una atmósfera idónea de oscuridad y tinieblas, con rincones tétricos de tonos apagados y muy cercana al horror, que impregna los momentos más poderosos de la película, llegando en ocasiones a percibirse como de pesadilla.
Todas y cada una de las secuencias que se dan lugar en el interior de ese gigantesco útero maligno y su diabólico custodio de las monedas aportan una excelente sensación de portentosa irrealidad, destacable tensión y un muy acertado misticismo.


Incluso algunos segmentos aislados del resto del desenlace central se agradecen, pero no alcanza a ser un ejercicio equilibrado de interés en su totalidad, deshinchándose 3 o 4 veces en su árida sección intermedia (sobre todo en lo referente a su contenido más costumbrista), no siendo capaz de igualar sus impresionantes momentos álgidos.
Se agradecen sin duda los nuevos vientos procedentes del país asiático, y a buen seguro irán llegando cada vez más obras maestras. Mientras tanto, tratemos de disfrutar de estas peculiares muestras de un fantástico diferente, que sin llegar a ser perfectas, son realmente dignas e interesantes.

J.A.
The outlaws (2017) ha sido una de las sorpresas coreanas del año, gracias a una trama que combina el sobado y repetitivo thriller coreano, con el policíaco, aderezado con grandes dosis de humor. Un film sin pretensiones cuyo único objetivo es hacer pasar un buen rato al espectador.
En la película, Jang Chen llega de China y trabaja como prestamista en una sórdida zona de Chinatown en Seúl. Mientras tanto, Ma Suk-Do es un detective en dicha área. Él trata de mantener la paz, mientras que dos pandillas chino-coreanas luchan por el poder.
La factura técnica del film es impecable y una dirección de ritmo imparable donde no se rechaza ofrecer algún momento truculento marca de la casa. Pero el alma del film no es otro que Ma Dong Seok, actor que había aparecido en innumerables films como secundario pero que tras su carismática participación en la adrenalinica Train to Busan (2016) el hombre se encuentra en un momento dulce en su carrera y no es para menos aunque se esté convirtiendo en el Bud Spencer coreano. Su personaje, el del teniente de policía de dudosos métodos, cascarrabias y que a la mínima reparte cachetadas a los delincuentes se antoja divertidísimo. Una interpretación que hace que un film a priori de tono ya muy visto haga que suba el nivel hacia un producto notable y digno de verse.


The outlaws (2018) es una cinta muy destacable y entretenida, de ritmo endiablado y con ajustadas y acertadas dosis de humor, diversión y drama (que también tiene que haber en un producto coreano).

Redactado por Adrián Roldán

viernes, 12 de octubre de 2018

FESTIVAL DE SITGES 2018: LUNES 8 DE OCTUBRE (DÍA 5)

Cargada de polémica como es ya habitual, la nueva película del danés Lars Von Trier, "The House That Jack Built" (titulada aquí sin muchos rodeos "La Casa de Jack"), se proyectó en un Auditori hasta los topes, con todos absolutamente dispuestos a entrar en su singular universo metafísico, y comprobar si el público que en Cannes abandonaba la sala hace pocos meses, indignados por la crudeza del contenido, tenía razones de peso o no.
Debo reconocer que no soy demasiado entusiasta con el cine que ha planteado hasta ahora Trier, ya sea porque me agotan sus reflexiones pedigrí, siempre surfeando con arrogancia entre referentes culturales y buscando la impertinencia creativa, o por esa manera de concebir el séptimo arte, queriendo romper con los fundamentos clásicos, tratando sin descanso de convertir su lente en una mirada irritante, tan personal y solemne que el público dificilmente logra conectar para poder disfrutarlo. Insisto, quizás sea yo el tipo de espectador incapaz de apreciar su genialidad, aunque también creo que pertenece a un tipo de cineasta siempre necesario, por esa inquietud de quebrantar opiniones, sacudir al gremio crítico y representar un grado de insolencia que a veces hace crecer este arte, pero que personalmente no había sabido disfrutar... Hasta hoy.
El cineasta escandinavo nos lleva de la mano de Jack (excelente y omnipresente Matt Dillon), un asesino en serie con estudios en ingeniería y afectado de TOC (trastorno obsesivo compulsivo), en un viaje de 12 años donde repasa sus diferentes homicidios, siempre desde su perspectiva altisonante, pues para él son un conjunto de obras de arte creativas que, a diferencia de los demás, sí es capaz de apreciar como tales. Lógicamente, la inevitable aunque lenta intervención de las autoridades obligará a Jack a ir cada vez arriesgando más, tratando de lograr su obra maestra absoluta.

Jack en su siniestra cámara frigorífica
Inundada de referencias de toda índole (desde los poemas infernales de Dante a Bob Dylan), la mefistofélica película de Von Trier, dividida en una suerte de capítulos, pues en origen se trataba de una serie televisiva, se disfruta por una compleja, quirúrgica y hasta brillante combinación de factores. Por un lado, consigue que las víctimas merezcan tamaño desenlace final, pues desde el punto de vista hábilmente distorsionado que se nos muestra, el que percibe Jack, aunque violento y siniestro, parece razonablemente justo.
El estudio psicológico tan detallado, inteligente y efectivo del psicópata (sus pulsiones, pensamientos íntimos, visiones..) obliga a empatizar con él, por lo que enfocaremos por fuerza el escabroso asunto y sus hemoglobínicas consecuencias con un negrísimo sentido del humor, para mí lo mejor del proyecto, y que compensa algunos de los violentísimos y horripilantes asesinatos, equilibrando la balanza de nuestra percepción.
También merece mención especial la media docena de analogías estupendamente hilvanadas (la historia animada de las farolas y las sombras o la medular de la casa, por ejemplo), que sin duda enriquecen y construyen una de las mejores películas sobre mentes desquiciadas que yo recuerdo, sin que el eje central, por lo general desde el punto de vista del policía o investigador, lo dibuje como un simple monstruo descerebrado.
No podemos hablar de obra maestra, pero sí de una de las películas más acertadas del cineasta nórdico, que aquí demuestra experiencia, sabiduría y una alta capacidad de adaptación al medio, pues parece haber encontrado esa fina línea donde lo autoral  y lo comercial convergen y se enriquecen mutuamente, como en su día Hitchcock nos mostró.

J.A.

Atraído más por la comodidad horaria que por un interés específico, me acomodo en la butaca del Retiro para tratar de deleitarme con "Legend of the Demon Cat (Kuukai, 2017)", una co-producción chino-japonesa de corte histórica y generoso metraje, la cual incorpora elementos fantásticos y que, salvando las obvias distancias estético-culturales, se decía era deudora del estilo Sherlock Holmes.
Pues bien, lo cierto es que una vez dejas de asombrarte por la sugerente aunque inocua y muy estudiada belleza de sus encuadres, todos impecables hasta el delirio, sus milimétricas vestimentas de época o su clásico dinamismo teatral (los actores se mueven rígidos, casi como si estuviesen en un tablero), y pensamos en despojar la película de sus aparentemente fabulosos aspectos formales, descubrimos que nos queda un relato algo raquítico, seguro basado en alguna leyenda milenaria intocable por esos lares, pero carente de mayor entidad más allá de jugar a enseñar valores de parvulario.
Impacta comprobar como, en una impecable paleta de colorido visual tan de quirófano, incomprensiblemente añaden un gato negro digital, el demoníaco del título, que más bien nos recuerda al de la serie Sabrina, aquél minino deslenguado de nombre Salem. Ese hecho, por tonto que parezca, nos saca de la película a cada momento, pues la trama gira entorno al pequeño felino, que a causa de unos sucesos muy, pero que muy extraños, acaba siendo poseído por el único testigo de un misterioso asesinato.



A lo largo de sus más de dos horas de relato, por momentos muy cuesta arriba, descabalgué de la película varias veces, pues aunque sí contenga minutos de interés debido a que abre una investigación por un homicidio, los Holmes y Watson asiáticos de postín (aquí un monje japonés y una suerte de poeta pelmazo), nunca llegan a conectar con el espectador, que jamás es cómplice de la trama.
Es más, vivimos la pseudo-aventura desde la lejanía, sin apenas aclararnos con lo que allí acontece, solo boquiabiertos por su espectacular belleza formal, pues el tejido conceptual es tal, que ocasiona un verdadero caos narrativo, desembocando en un popurrí de datos cruzados solo al alcance de las mentes más despiertas. No parece ser mi caso. Y menos en la sobremesa.
Así pues, estamos ante un proyecto con un envoltorio precioso que, a pesar de la densidad intelectual de la que alardea, se siente más como un quiero y no puedo, un producto que peca de ambicioso y se trastabilla en el intento. Más aburrida que conseguida y mucho más vacía de lo que parece, pese a tener un concept art realmente soberbio.

J.A.

jueves, 11 de octubre de 2018

FESTIVAL DE SITGES 2018: DOMINGO 7 DE OCTUBRE (DÍA 4)

Un emocionado Pascal Laugier confesaba minutos antes de la proyección de "Ghostland", su cuarto largometraje, que hace 10 años Sitges fue determinante para que su carrera no se frenara en seco, pues la crítica francesa masacró "Martyrs (2008)", su obra más contundente hasta la fecha y un claro exponente de la denominada New French Extremity, hasta el punto de querer tirar la toalla. Irónicamente, obtuvo el efecto contrario en el certamen del pueblo catalán, más tolerante y abierto con estos géneros tan extremos si se quiere matizar, recompensándole con una acogida por todo lo alto, además de llevarse un premio por su impresionante maquillaje (mítico despellejamiento) y convertir su obra en un instant cult classic.
Queda patente, observando su corta pero intensa filmografía, que al galo lo que le apasiona es el terror sin concesiones. Más concretamente todo lo relacionado con el horror que rodea el cautiverio, explorando los límites y comportamientos humanos relacionados con la tortura física y psicológica, cruzando líneas rojas y pisando terreno espinoso siempre que puede.
Cierta predilección por el género femenino marca su estela fílmica, siendo ellas siempre las protagonistas de los calvarios que plantea, por así decirlo. No pienso que haya mayor lectura en eso, por más que algunos sectores quieran destapar desequilibrios sexistas o incluso sádicos en el autor.
Su nuevo trabajo, originalmente llamado "Incident in a Ghostland", sigue una estructura no por previsible menos respetable en el cine de Laugier, llevándonos de mudanza junto a una familia (madre y 2 hijas en la adolescencia), a una alejada casa que acaban de heredar, y siendo testigos de cómo son asaltadas por un par de dementes psicóticos, violentos y obsesivos, obligándolas a realizar extraños rituales.




Lo más interesante de Ghostland, además de su fiereza narrativa, siempre impulsiva, aterradora y valiente (solo hay que ver la tensa primera escena de las muñecas), es en qué punto se detiene Laugier a inspeccionar la psique del ser humano, alterando nuestra realidad y mostrando que en circunstancias extremadamente estresantes, la evasión de la mente es tal, que se distorsiona a una escala desconocida.
Es ahí, en esa idea tan peligrosa, donde coloca la lupa de nuevo el siempre atrevido cineasta francés, y no tanto en el dolor físico que sufren las protagonistas (que lo hay, y mucho, por descontado), pero que claramente le sirve como vehículo para llevarnos al borde del desquicio, cruzar esa oscura línea donde te desbordas por someterte a tus fronteras racionales.
Film pues de interesante poso discursivo, más sustancioso de lo esperado por bucear dentro de una premisa muy válida, con ecos de Lovecraft incluidos, pero que en su afán de no decepcionar a sus seguidores, acaba por disfrazarse de lo que se esperaba de él, volviendo al terreno del gore a cualquier precio, y a veces de forma gratuita, solo buscando el aplauso.

J.A.


Ver una cinta de hostias orientales es una tradición inapelable en el Festival, y The night comes for us no la iba a dejar escapar. La dupla de films de The Raid causaron una pequeña revolución en 2011 y 2014, respectivamente. Desde Indonesia, el inglés Gareth Evans creó una de las obras definitivas del cine de acción mostrando un ritmo desenfrenado, una violencia descarnada y unas luchas de artes marciales que quitaban el hipo. Después vino Timo Tjahjanto, un director procedente del género de terror más “disgusting” (VHS 2, Macabre...), agarró a la estrella de The Raid, Iko Iwais, y nos lo hizo pasar pipa a todos hace dos años con Headshot (2016), una nueva muestra de acción y hostias sin concesiones.
Pero si Headshot era un producto que podríamos considerar de videoclub, pese a sus grandes aciertos, Tjahjanto se supera a sí mismo con una de las obras definitivas del género.
The night comes for us (2018) cuenta la historia de Ito, un hombre que trabajaba para la mafia, el cuál tendrá que proteger a una joven y escapar de su anterior banda criminal, en una violenta batalla en las calles de Jakarta.













Producida por Netflix, la cual permitió al director total libertad para hacer las burradas que quisiera, el film es un espectáculo alucinante que no da tregua. Da igual que la historia sea más fina que el papel de fumar, que ya ni recuerdas por qué están luchando ni el por qué de tantas muertes, y que hay personajes que vienen y van solo con la excusa de ofrecer alguna escena de acción más, la película te quita el aliento.
The night comes for us (2018) es la culminación del género, una obra que aglutina el silat (las artes marciales indonesas), el cine de acción de Hong Kong, las artes marciales chinas y el gore cartoon de La historia de Ricky (1991). 
Las escenas de acción, salvajes y sanguinolentas a más no poder, son un festival de la carne hecha trizas, donde cualquier objeto puede ser usado para matar, un espectáculo cartoon pero no necesariamente cómico que nos shockea a cada segundo y que no deja de superarse minuto a minuto. Un film que pese a sus dos horas largas de duración no da respiro desde el minuto 1, a pesar de algún pequeño bajón de ritmo en su meridiano.
Iko Iwais vuelve a demostrar sus habilidades aunque cambiando a un registro algo más oscuro, cosa que se agradece, y Timo Tjahjanto ofrece una clase magistral de dirección realizando varias acciones en paralelo y sin perder en ningún momento ni el pulso ni el ritmo. 
The night comes for us (2018) es de obligado visionado para los amantes de las tullinas sin complejos, del gore salvaje y de la acción desenfrenada. Inolvidable.

Redactado por Adrián Roldán

FESTIVAL DE SITGES 2018: SÁBADO 6 DE OCTUBRE (DÍA 3)

La primera piedra en el camino de este festival 2018 ha resultado ser la endeble ópera prima de un tal Tony West, cineasta con nombre de rapero cool, que nos arroja su híbrida y desafortunada propuesta, a medio camino entre Cazafantasmas y un mal episodio de Scooby-Doo.
Intrascendente, sin ideas y repleta de bobadas, "Deadtectives" (no sé si me gusta o no el título todavía), sigue a los responsables de un programa televisivo que ridiculiza lo paranormal solo por tener audiencia (de hecho existe uno en realidad, titulado "buscadores de fantasmas", que seguramente inspiró a West a cocinar este invento), pero al ver que peligra su show, acceden a ir a una mansión encantada en un remoto lugar de México. Los fantasmas que allí habitan, como era de prever, no son una farsa como hasta ahora.
Pues bien, contado esto, contado todo, pues es una mera excusa argumental para amontonar bromas frenéticamente, algunas lógicamente bien encajadas, pues el tema lo permite, pero en líneas generales bastante lamentables, pura diversión banal, pólvora mojada, sin ingenio ni cerebro.
Con un protagonista sobreactuado más su novia de regalo y un par de amigos cortos de entendederas dentro del pack, tenemos un cóctel que parece más bien el episodio piloto de una serie adocenada de aire británico, sin mayor recorrido y que a buen seguro funcionó mejor en la mesa de guionistas que en pantalla.

El cast, en una imagen promocional
Sin embargo, en mi afán de rescatar lo positivo de casi cualquier proyecto, trataré de extraer aspectos más acertados, como por ejemplo el diseño sorprendentemente espeluznante del fantasma de la muerte, los juegos idiomáticos constantes entre inglés/español o el tratamiento, desentonado pero en cierto modo respetable, de filmar correctamente el género sin que éste horrorice, rebajando tensiones y banalizando lo tétrico, tarea nada sencilla. No es un insulto a nadie, pero acaba siendo prescindible, casquería de festival.

Redactado por Jesús Álvarez


Había mucha expectación tras los primeros avances de Mandy, presentando una idea de base insuperable como es ver a un cada vez más desbocado Nicolas Cage, ensangrentado y motosierra en mano, enfrentándose a una secta pseudo-católica y demás criaturas del averno. Y así lo demostraba una kilométrica cola que daba la vuelta al Auditori Melià siendo poco más de las 8 y media de la mañana.
El resultado final, seguro que no era lo que esperaban exactamente muchos de los espectadores. Mandy presenta a Red (Cage), un leñador que vive alejado del mundo junto al amor de su vida, Mandy. Un día, mientras da un paseo abstraída, Mandy se cruza sin saberlo con el líder de una secta que desarrolla una obsesión por ella. Decidido a poseerla a cualquier precio, él y su grupo de secuaces invocan a una banda de motoristas venidos del infierno que la raptan, y en el proceso, hacen añicos la vida de Red. Decidido a vengarse y equipado con toda clase de artilugios, pone en marcha una matanza que deja cuerpos, sangre y vísceras allá por donde pasa.
El film está dirigido de manera muy personal por Panos Cosmatos, quien te introduce en una experiencia visual única y original que espantará o se adorará a partes iguales. Un estilo visual surrealista, un viaje lisérgico donde predominan ambientes con filtros rojos muy marcados y una sempiterna banda sonora a ritmo de una estruendosa guitarra eléctrica compuesta por el tristemente fallecido Jóhann Jóhannsson.
La obra se compone de dos partes muy diferenciadas. Una primera hora hipnótica, densa y lenta, situada mayoritariamente en una cabaña, donde Cage y su compañera son asaltados por la secta de tarados cristianos, ya que el líder de ésta, como he avanzado, dice sentirse maravillado y deslumbrado por la mujer del gran Nicolas.
Una primera mitad que cabalga entre la fascinación y el hastío con un tempo inesperado para el que se esperaba una fiesta gore con Cage masacrando villanos desde el minuto 1. En la segunda hora vemos la tan deseada venganza, donde los “Jesus Freaks” son masacrados. Es destacable la desagradable presencia de una especie de cenobitas motoristas del infierno que harán pasar un mal rato a nuestro anti-héroe.
Nicolas Cage sigue dándolo todo a nivel interpretativo, a pesar de encadenar bastantes films de muy dudosa calidad, y ofrece una interpretación intensa y pasada de vueltas (la escena del lavabo es gloriosa en ese sentido, con una botella de vodka siendo bebida como si fuera agua).


Mandy es irregular pero fascinante en su forma y estilo visual; logra trasladarte a un mundo tenebroso y al infierno de una forma literal gracias al poder de sus imágenes y la maquiavélica e inolvidable banda sonora, que funciona como una invocación al mismísimo demonio.
El resultado es curioso, hipnótico y cansino a partes iguales. La historia está mil veces vista y se antoja repetitiva, pero es en el poder de sus imágenes donde Mandy merece una oportunidad. Recomendable.

Redactado por Adrián Roldán


Las críticas previas anunciaban “el film que ha hecho renacer el cine de terror argentino”, entre otras lindezas. No puedo estar más en desacuerdo con esta muestra más bien justita de cine fantasmagórico, con muchos tics a Expediente Warren, el Japan Horror y la comedia argentina más descafeinada.
Aterrados (2017) presentaba todos los elementos para salir airoso: un prólogo espeluznante y efectivo, una buena ambientación con todo un vecindario siendo aterrorizado por presencias y maldiciones fantasmales y unos para-psicólogos que intentan detener la amenaza espectral.
Su punto fuerte (que el film entre en materia desde el minuto 1) es a la vez su punto débil, ya que nos encontramos con una película forzada, que no dedica tiempo a calentar a la audiencia, ni prepara un ambiente de terror incómodo, ni crea unos personajes mínimamente bien construidos. Todo parece artificial, desde esos para-psicólogos de postín que no se los cree nadie y claramente deudores de la ola Expediente Warren, hasta esos golpes de humor a la argentina que no paran de sacarte de la cinta (el momento cadáver del niño en la cocina es totalmente risible).
A su favor he de decir que Aterrados funciona como una montaña rusa de emociones y golpes de efecto constantes, un tren de la bruja de apenas 85 minutos con criaturas extrañas, fantasmas, sustos y sangre. Consigue varios momentos truculentos como el mencionado prólogo, las visitas nocturnas del extraño ente al vecino, o su descontrolada y efectiva recta final. Pero Aterrados no cambia ni la historia del género de su país ni la de ningún lado, siendo una obra pasable y divertida pero falseada y “sin sangre”.


Su director, Demián Rugna, ya lo dijo en la presentación pre-film: “Llevaba 9 años con esta historia bajo el brazo y nadie la quería, hasta que cuando por fin me la ofrecieron hacer, la realicé sin ganas”. Pues se ha notado.

Redactado por Adrián Roldán

domingo, 7 de octubre de 2018

FESTIVAL DE SITGES 2018: VIERNES 5 DE OCTUBRE (DÍA 2)

Muchos conocimos a Shinsuke Sato gracias al enorme revuelo que montó la festiva proyección de I am a hero en 2015, la adaptación del célebre manga de zombis de Kengo Hanazawa. Desde entonces, al director le han llovido nuevos proyectos relacionados con los live actions de animes y mangas varios, desde la nueva Death Note: El nuevo mundo (2016) a la esperada adaptación de Bleach (2018).
El film que nos ocupa hoy, Inuyashiki (2018) se posiciona como el trabajo más destacable hasta el momento del director japonés, adaptando el manga de Hiroya Oku, creador de Gantz. De entre el ingente aluvión de live actions que asaltan Japón desde hace unos años (algo parecido a la invasión Marvel de Occidente), Inuyashiki está un escalón por encima de estas adaptaciones, por lo general algo chapuceras (aunque entretenidas).
Inuyashiki, un hombre de mediana edad y Hiro, un adolescente, son atrapados por un extraño rayo gracias al cual adquieren poderes especiales. Cada uno de ellos usará ese extraño poder de manera muy diferente.
La película destaca por presentar a un personaje inolvidable como es el del propio Inuyashiki, un hombre cincuentón cuya vida no puede ser peor, con una familia que lo desprecia y un trabajo terrible, hasta que, de un día para otro, se convierte en un cyborg con capacidades asombrosas.


Por otro lado tenemos a Hiro, el típico outsider adolescente del cine japonés, de padres separados y objeto de bullying en la escuela y cuyo odio y rabia irán convirtiéndolo poco a poco en un villano.
Destaca un intento por dar tridimensionalidad a los 2 antagonistas, dándole a cada uno un trasfondo y una razón de ser bastante lógica. Se rodea todo el metraje de un halo épico y dramático muy conseguido, manteniendo las vidas y desarrollo de Inuyashiki y Hiro en paralelo la mayor parte del tiempo, hasta estallar en su clímax final: una sorprendente matanza de “inocentes” en el centro de Shibuya con posterior batalla robótica llena de espectacularidad, donde destacan unos excelentes efectos especiales. 


Inuyashiki, así, destaca siendo un film muy entretenido a pesar de sus giros dramáticos y tragedias personales exageradas (un tic del cine japonés que al ya acostumbrado no le molestará), pero decididamente espectacular, a la vez que reinterpreta el género superheróico tanto japonés como occidental a los nuevos tiempos. Notable.

Redactado por Ultraman



Una de las apuestas fuertes de Netflix para este año también se hizo un hueco en la programación del festival, y pese a estrenarse el próximo 12 de octubre en la famosa y cada vez más robusta plataforma, era una buena ocasión para exhibir su potencial dentro de Sitges.
El director del aclamado y violentísimo díptico "Redada Asesina", el galés Gareth Evans, consigue esta vez financiación británica para presentarnos "El apóstol", un film alejado de lo que hasta ahora planteaba su cine, y así terminar de demostrarnos sus altos conocimientos sobre el medio, técnico y artístico, que requiere una obra como la que nos trae.
Ambiciosamente rodada, su nuevo trabajo exhibe sobre todo una fotografía espléndida de una isla remota donde, en el año 1905, una secta en crisis secuestra a la hija de un pudiente para, tras cobrar el rescate, superar la época de sequía y poder continuar con garantías en su pequeña comunidad de feligreses. El hermano de ésta, Thomas, tratará de colarse en la comunidad para encontrarla, con el peligro de muerte que eso conlleva, pues obviamente allí esconden un extraño secreto que pocos conocen.
Lógicamente, las películas que desmesuran su metraje para poder contar su historia (El Apóstol supera el par de horas) irremediablemente caen más a menudo en incongruencias de guion, agotamiento por parte del espectador o incluso pérdida de interés en las tramas que la forman, pese a lucir notablemente e incluso llamar nuestra atención en su bloque inicial, por lo general el más lúcido. La tortuosa narrativa de Evans nos convence durante su primera mitad, presentando personajes, situaciones y escenarios muy interesantes, situándonos en el lugar de manera concreta e invitándonos sin esfuerzo a empatizar con el asunto del secuestro (no tanto ya con el hermano, algo insípido y quizás desentonado debido a su rostro propio de un anuncio de perfumes).
Es pues en su bloque central donde, a pesar de permanecer todavía interesados, se rebaja mucho el efecto inicial, convirtiéndose en una película más sobre comunidades sometidas al gurú de turno que dice comunicarse con deidades. Con una factura más que notable, elegante trabajo sonoro y buena ambientación sin duda, pero lejos de ser recordada por nada más.
Thomas, a su llegada al pueblo, pensando su plan de rescate
Si a eso le sumamos un segmento final, en mi opinión, chirriante por ambicioso y a veces fallido por alambicado, el resultado es, pese a los momentos sorprendentes de violencia propias del autor y un par de poderosas escenas (su llegada al pueblo, ese padre acorralando a su hija encinta..), un film interesante de indiscutibles aspectos técnicos pero carente de alma, casi nunca memorable y por momentos agotador. Una apuesta llamativa para que conste en Netflix, y que seguramente funcione muy bien ahí, pero que el tiempo situará entre el grueso de producciones estigmatizadas que ni satisface al público general ni al que aprecia lo exquisito.

Redactado por el verdadero Apóstol, Jesús Álvarez


A pesar de la fama y el larguísimo recorrido (cuasi interminable) de esta mítica saga, la proyección de "Santo contra el doctor muerte (1973)" era mi primera aproximación al orondo y entrañable enmascarado de plata. Dentro del Festival de Sitges, la pequeña y humilde sala Brigadoon es el último refugio del cinéfilo, un lugar que te acoge para ofrecer joyitas escondidas y muy raras de encontrar para el aficionado.
Grandes momentos he vivido en esta sala, donde destaco el visionado de las obras más bizarras de Jesús Franco, la cita anual obligada con algún documental sobre el splatter italiano o la inolvidable sesión de Rape Zombie 2 y 3.
En esta ocasión, y con motivo del homenaje a la estupenda Helga Liné, se proyectó la cinta que nos ocupa, uno de los films clave de la saga del luchador mexicano. Ya la sinopsis es demencial: Unos ladrones entran en un museo y causan daños en el cuadro Los Borrachos de Velázquez. Se le encarga la restauración de la obra al doctor Mann, sin saber que es precisamente uno de los criminales.
Lo que Mann hará será sustituir el cuadro por una réplica. Además, tiene a varias mujeres secuestradas en su castillo. Aprovechando que el luchador y agente secreto Santo se encuentra en España, las autoridades le piden que investigue el caso junto con el detective Paul.


Con más de 50 títulos en su haber, la saga de Santo es una de las más largas de la historia del cine y abarca desde la seminal "Santo contra Cerebro del Mal (1958)" hasta ya entrados los primeros años 2000. ¡Cuál ha sido mi sorpresa durante el visionado del presente film!.
Lejos de encontrarme con una cinta aburrida y cutre de serie Z (así es la fama que arrastra la saga), Santo contra el doctor muerte (entrega nº 42 de la serie), resulta una entrega divertidísima y deliciosamente ingenua e inocente.
A pesar de que su extenso metraje para un proyecto de estas características (cuasi 100 minutazos) se haga muy cuesta arriba, la película es un despliegue pulp con mad doctors, enemigos imposibles, bases secretas subterráneas, compuertas, trampas mortales, muchas jovenzuelas luciendo palmito y un superhéroe permanentemente enmascarado y que es todo un galán con las féminas pero duro de pelar cuando se le requiere. Además, Liné (la verdadera protagonista), rezuma atractivo y buen hacer como espía y no somos excesivamente torturados con interminables batallas insípidas de lucha libre mexicana con Santo mostrando sus pectorales. Muy divertida muestra de Serie B. Seguiremos con la saga.

Redactado por Adrián Roldán



One cut of the dead (2018) se ha convertido en una de las grandes sorpresas del año y ni sus creadores se lo creen. Nacida a partir del trabajo de unos estudiantes de cine en Japón, con apenas 27.000 dólares de presupuesto pero con mucho ingenio, pasión y amor. Y eso se nota.
De estrenarse en 3 cines en todo Japón y gracias al boca a boca el fenómeno ha ido creciendo hasta que, meses después, el film aún esté colocado en el Top 10 nacional, con cerca de 10 millones de dólares recaudados además de triunfar por todo aquel Festival de cine que pase.
¿Es One cut of the dead merecedora de tanto revuelo? Decididamente sí. Era esperado la llegada de este film a Sitges y así se ha hecho notar en su primera proyección en una Sala Tramuntana llena hasta la bandera, con casi todo el cast presente. Sin duda, dicha proyección se ha convertido en uno de los momentos más mágicos y emocionantes que he podido vivir en los 13 años que llevo asistiendo a Sitges.
El proyecto se basa en la grabación de una película de serie B sobre muertos vivientes, hasta que ésta se ve interrumpida por un auténtico apocalipsis zombi.
A todo aquel que se acerque a tan encantador film, cuanto menos sepa mejor, porque su original guión es una de sus grandes bazas. Una obra que abre con un plano secuencia totalmente amateur algo discutible y que hace que empieces a dudar y preguntarte: ¿Pero qué estoy viendo? Hasta que aparecen los zombis, claro, y el rodaje se convierte en un desmadre. No os digo nada más. 
One cut of the dead rezuma amor por el cine por los cuatro costados. Amor, pasión y cariño por el proyecto que se está levantando, con unos actores entregados y una merecida reivindicación del trabajo de todos los que están tras las cámaras y que se dejan la piel por su proyecto.
Un largometraje que se pasa en un suspiro, cuyos personajes son verdaderamente entrañables, con un humor sano, muy gamberro, y unos giros de guión verdaderamente originales, que dan una nueva vuelta de tuerca al tan hastiado cine de zombis. Muy bien. Desde ya, mi favorita del año.
 
Un "sospechoso" con parte del cast de One cut of the dead tras la proyección

Aparecen los créditos finales, las luces de la Tramuntana se encienden y nos devuelven a la realidad. La sala estalla en aplausos y se pone en pie girándose hacia el cast del film, que emocionados, se levantan con lágrimas en los ojos agradeciendo la acogida. 5 minutos de aplausos y todos tan felices, porque amamos el cine.

Redactado por el galán e internacional Adrián Roldán


Perlman, en el Auditori
La tarde del viernes, con Ron Perlman como invitado de honor en el Auditori, asistimos al estreno mundial de su primer proyecto como productor (además de reservarse el papel protagónico), en el thriller de tono crepuscular "Asher".
Lo poco que sabíamos sobre dicho proyecto no resultaba muy prometedor, pues timoneaba el director de la ridícula "Instinto Básico 2", el argumento sonaba a un mil veces visto y la pareja ¿estelar? no auguraba mucha química en pantalla, sin olvidarme del papelito de un ya septuagenario Richard Dreyfuss. Sin embargo, esos prejuicios estaban casi todos equivocados; y digo casi, porque a pesar de ofrecer material de interés, no todo fueron sorpresas positivas. Lamentablemente.
La historia de un ex-agente del servicio de inteligencia israelí, ahora reconvertido a asesino a sueldo afincado en Brooklyn, no sólo muestra una rara pero sin duda acertada dosificación de sus momentos de acción ad hoc, sino que además fluctúa entre el drama intimista con tintes urbanos y el thriller más lacónico, añadiendo incluso destellos de humor fino, casi imperceptibles.
El personaje de Asher (un Perlman sostenido por limitado), funciona bien mientras desempeña su letal oficio, en lo que son los mejores momentos de la cinta, ciertamente originales (su modus operandi es genial), y que invitaban a soñar con un film más potente, mejor de lo que cabía esperar. Unos diálogos inteligentes rubrican las secuencias clave, y dotan a esta "Asher" de una elegancia inesperada, además de una puesta en escena pensada y sin prisas, cercana al mejor cine de Jarmusch. Que no es baladí.


Lo que ocurre es que una vez adentrados en lo magro de la historia se nos van acumulando los tópicos, y si nos paramos a despojar la obra de su "forma" (casi siempre magnífica), para quedarnos con el "fondo", ahí comienzan los problemas. Pulsiones típicas y otra love-story no por trágica menos común, embozan el resultado final, arrastrándolo a lo convencional. Quizás precisaba de un mayor metraje alrededor del personaje central, pues su pasado queda desdibujado y podría haber sido una historia interesante a explorar.
Pero lo peor estaba por llegar, y es que su secuencia de cierre, si se mantiene así en su edición final, resulta del todo penosa, una resolución sonrojante, propia de bolsilibro, que mejor olvidarla. Impropia y tremendamente inadecuada, un tropezón argumental imperdonable que aún se puede subsanar si A contracorriente films, distribuidora de lujo en nuestro país, le pone remedio.
Por lo demás, se trata de una cinta digna, de cierta elegancia formal, con sus más y sus menos, que sobresale en este tipo de producciones por su delicado tratamiento del género y su peculiar sentido del ritmo.

Teclado aporreado por Jesús Álvarez

La sorpresa de la jornada, e incluso del festival, se vivió la medianoche del viernes al sábado, en un abarrotado pero por costumbre confortable auditorio del Hotel Melià. Los afortunados allí presentes vivimos una experiencia inolvidable, un ritual cinematográfico solo posible compartiendo pantalla, silencio y oscuridad junto una multitud, sumándonos todos a la orgía lisérgica que concibió Gaspar Noé.
"Climax" se venía anunciando como una especie de prolongación de su previa "Enter the Void (2009)", donde drogas, música, baile y sexo colisionan para formar una locura sensorial, muy aplaudida por un sector pero vilipendiada por muchos otros, sin duda más conservadores. Lo cierto es que su nuevo trabajo nos vuelve a hablar de eso, en efecto, pero con el añadido de sufrir tal mutación fílmica que de algún modo, la película cobra vida propia, pues palpita y retumba de distinta manera en cada uno de nosotros, fagocitándonos, molestándonos, fascinándonos.
Sin apenas guion, mucha libertad creativa y con cierta premura por llegar a tiempo a Cannes, Noé concibió el film (su primer "Rated"), como una impactante pesadilla visual, donde el LSD y el alcohol extraen nuestras pulsiones más primarias hasta casi volver a la etapa primate, convirtiendo la fiesta con bailarines de inicio en una intensa bacanal, orgánica y pasional, repleta de onirismo surreal y demencia gestual, propiciando un género cinematográfico propio, intuyo que quizás nuevo, denominado ya por algunos como danza thriller.
Todo acontece en el interior de un edificio abandonado, antes una antigua escuela, en un gélido paraje sin concretar, a mitad de los 90. Un grupo de bailarines, casi todos franceses, celebran, bailan, aúllan, ríen, festejan, conversan y beben sangría por, en principio, haber sido seleccionados por una prestigiosa coreógrafa. Lentamente, eso sí, las sensaciones cambian. Parece que alguien ha echado algo en la bebida, ocasionando un progresivo delirio global, alucinatorio y peligroso, que convierte el lugar en un infierno sensitivo, donde hay cabida para el humor (sin censuras), la violencia, el sexo e incluso la muerte.


Filmada con nervio y en todo momento explorando sus propios límites, el argentino nos subyuga con un viaje tan brutal como hipnótico e inusual, que no todos querrán hacer (imagino a mucho público incómodo e indignado), exponiéndonos a una tortura algo mareante y repetitiva pero cautivadora, tribal e intensa como pocas. Un trippy jamás antes rodado, del cual salgo agotado pero fascinado, maravillado por su enérgica anarquía conceptual.
Personalmente creo que la obra de Gaspar Noé solo puede tener un recorrido lógico cuando es exhibida en salas (algo parecido a "The Rocky Horror Picture Show"), y que pronto la etiquetarán como cinta de culto, pero jamás podrá satisfacer a nivel doméstico, pues ni está planteada para eso ni embriagará a nadie en una pequeña pantalla.

Redactado por un cada vez más "flipao" Jesús Álvarez
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