Mostrando entradas con la etiqueta AVENTURAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta AVENTURAS. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de noviembre de 2018

SANTO CONTRA EL DOCTOR MUERTE (1973)

A pesar de la fama y el larguísimo recorrido (cuasi interminable) de esta mítica saga, la proyección de "Santo contra el doctor muerte" era mi primera aproximación al orondo y entrañable enmascarado de plata. Dentro del Festival de Sitges, la pequeña y humilde sala Brigadoon es el último refugio del cinéfilo, un lugar que resucita joyitas escondidas y muy raras de encontrar para el aficionado.
Grandes momentos he vivido en esta sala, donde destaco el visionado de las obras más bizarras de Jesús Franco, la cita anual obligada con algún documental sobre el splatter italiano o la inolvidable sesión de "Rape Zombie" 2 y 3.
En esta ocasión, y con motivo del homenaje a la estupenda Helga Liné, se proyectó la cinta que nos ocupa, uno de los films clave de la saga del luchador mexicano. Ya la sinopsis es demencial: unos ladrones entran en un museo y causan daños en el cuadro Los Borrachos de Velázquez. Se le encarga la restauración de la obra al doctor Mann, sin saber que es precisamente uno de los criminales.
Lo que Mann hará será sustituir el cuadro por una réplica. Además, tiene a varias mujeres en su lozanía secuestradas en un castillo.
Aprovechando que el mítico wrestler y agente secreto Santo se encuentra en España, las autoridades le piden que investigue el caso junto con al detective Paul.
Con más de 50 títulos en su haber, la saga del Santo es una de las más largas de la historia del cine, y abarca desde la seminal "Santo contra Cerebro del Mal (1958)" hasta ya entrados los primeros años 2000. ¡Cuál ha sido mi sorpresa durante el visionado del presente film!.
Lejos de encontrarme con una cinta aburrida y cutre de serie Z (así es la fama que arrastra la franquicia), "Santo contra el doctor muerte" (la entrega nº 42), ha resultado a la postre una filmación divertidísima y deliciosamente naif.


A pesar de que su extenso metraje para un proyecto de estas características (cuasi 100 minutazos) se haga muy cuesta arriba, la película es un despliegue pulp con mad doctors, enemigos imposibles, bases secretas subterráneas, compuertas, trampas mortales, muchas jovenzuelas luciendo palmito y un superhéroe permanentemente enmascarado y que es todo un galán con las féminas pero duro de pelar cuando se le requiere. Además, Liné (la verdadera protagonista), rezuma atractivo y buen hacer como espía y no somos excesivamente torturados con interminables batallas insípidas de lucha libre mexicana con Santo mostrando sus pectorales. En definitiva, una muy divertida muestra de Serie B que nos invita a seguir rastreando la saga.

Adrián Roldán

viernes, 12 de octubre de 2018

FESTIVAL DE SITGES 2018: LUNES 8 DE OCTUBRE (DÍA 5)

Cargada de polémica como es ya habitual, la nueva película del danés Lars Von Trier, "The House That Jack Built" (titulada aquí sin muchos rodeos "La Casa de Jack"), se proyectó en un Auditori hasta los topes, con todos absolutamente dispuestos a entrar en su singular universo metafísico, y comprobar si el público que en Cannes abandonaba la sala hace pocos meses, indignados por la crudeza del contenido, tenía razones de peso o no.
Debo reconocer que no soy demasiado entusiasta con el cine que ha planteado hasta ahora Trier, ya sea porque me agotan sus reflexiones pedigrí, siempre surfeando con arrogancia entre referentes culturales y buscando la impertinencia creativa, o por esa manera de concebir el séptimo arte, queriendo romper con los fundamentos clásicos, tratando sin descanso de convertir su lente en una mirada irritante, tan personal y solemne que el público dificilmente logra conectar para poder disfrutarlo. Insisto, quizás sea yo el tipo de espectador incapaz de apreciar su genialidad, aunque también creo que pertenece a un tipo de cineasta siempre necesario, por esa inquietud de quebrantar opiniones, sacudir al gremio crítico y representar un grado de insolencia que a veces hace crecer este arte, pero que personalmente no había sabido disfrutar... Hasta hoy.
El cineasta escandinavo nos lleva de la mano de Jack (excelente y omnipresente Matt Dillon), un asesino en serie con estudios en ingeniería y afectado de TOC (trastorno obsesivo compulsivo), en un viaje de 12 años donde repasa sus diferentes homicidios, siempre desde su perspectiva altisonante, pues para él son un conjunto de obras de arte creativas que, a diferencia de los demás, sí es capaz de apreciar como tales. Lógicamente, la inevitable aunque lenta intervención de las autoridades obligará a Jack a ir cada vez arriesgando más, tratando de lograr su obra maestra absoluta.

Jack en su siniestra cámara frigorífica
Inundada de referencias de toda índole (desde los poemas infernales de Dante a Bob Dylan), la mefistofélica película de Von Trier, dividida en una suerte de capítulos, pues en origen se trataba de una serie televisiva, se disfruta por una compleja, quirúrgica y hasta brillante combinación de factores. Por un lado, consigue que las víctimas merezcan tamaño desenlace final, pues desde el punto de vista hábilmente distorsionado que se nos muestra, el que percibe Jack, aunque violento y siniestro, parece razonablemente justo.
El estudio psicológico tan detallado, inteligente y efectivo del psicópata (sus pulsiones, pensamientos íntimos, visiones..) obliga a empatizar con él, por lo que enfocaremos por fuerza el escabroso asunto y sus hemoglobínicas consecuencias con un negrísimo sentido del humor, para mí lo mejor del proyecto, y que compensa algunos de los violentísimos y horripilantes asesinatos, equilibrando la balanza de nuestra percepción.
También merece mención especial la media docena de analogías estupendamente hilvanadas (la historia animada de las farolas y las sombras o la medular de la casa, por ejemplo), que sin duda enriquecen y construyen una de las mejores películas sobre mentes desquiciadas que yo recuerdo, sin que el eje central, por lo general desde el punto de vista del policía o investigador, lo dibuje como un simple monstruo descerebrado.
No podemos hablar de obra maestra, pero sí de una de las películas más acertadas del cineasta nórdico, que aquí demuestra experiencia, sabiduría y una alta capacidad de adaptación al medio, pues parece haber encontrado esa fina línea donde lo autoral  y lo comercial convergen y se enriquecen mutuamente, como en su día Hitchcock nos mostró.

J.A.

Atraído más por la comodidad horaria que por un interés específico, me acomodo en la butaca del Retiro para tratar de deleitarme con "Legend of the Demon Cat (Kuukai, 2017)", una co-producción chino-japonesa de corte histórica y generoso metraje, la cual incorpora elementos fantásticos y que, salvando las obvias distancias estético-culturales, se decía era deudora del estilo Sherlock Holmes.
Pues bien, lo cierto es que una vez dejas de asombrarte por la sugerente aunque inocua y muy estudiada belleza de sus encuadres, todos impecables hasta el delirio, sus milimétricas vestimentas de época o su clásico dinamismo teatral (los actores se mueven rígidos, casi como si estuviesen en un tablero), y pensamos en despojar la película de sus aparentemente fabulosos aspectos formales, descubrimos que nos queda un relato algo raquítico, seguro basado en alguna leyenda milenaria intocable por esos lares, pero carente de mayor entidad más allá de jugar a enseñar valores de parvulario.
Impacta comprobar como, en una impecable paleta de colorido visual tan de quirófano, incomprensiblemente añaden un gato negro digital, el demoníaco del título, que más bien nos recuerda al de la serie Sabrina, aquél minino deslenguado de nombre Salem. Ese hecho, por tonto que parezca, nos saca de la película a cada momento, pues la trama gira entorno al pequeño felino, que a causa de unos sucesos muy, pero que muy extraños, acaba siendo poseído por el único testigo de un misterioso asesinato.



A lo largo de sus más de dos horas de relato, por momentos muy cuesta arriba, descabalgué de la película varias veces, pues aunque sí contenga minutos de interés debido a que abre una investigación por un homicidio, los Holmes y Watson asiáticos de postín (aquí un monje japonés y una suerte de poeta pelmazo), nunca llegan a conectar con el espectador, que jamás es cómplice de la trama.
Es más, vivimos la pseudo-aventura desde la lejanía, sin apenas aclararnos con lo que allí acontece, solo boquiabiertos por su espectacular belleza formal, pues el tejido conceptual es tal, que ocasiona un verdadero caos narrativo, desembocando en un popurrí de datos cruzados solo al alcance de las mentes más despiertas. No parece ser mi caso. Y menos en la sobremesa.
Así pues, estamos ante un proyecto con un envoltorio precioso que, a pesar de la densidad intelectual de la que alardea, se siente más como un quiero y no puedo, un producto que peca de ambicioso y se trastabilla en el intento. Más aburrida que conseguida y mucho más vacía de lo que parece, pese a tener un concept art realmente soberbio.

J.A.

sábado, 12 de noviembre de 2016

EL GIGANTE DE METRÓPOLIS (1961)

Como ocurrió con la estimulante "Seddok, l'erede di satana" a principios de 1960, en Italia continuaron surgiendo films híbridos de distintos géneros que involuntariamente anticipaban, o acaso ya gestaban, un futuro movimiento relacionado con la plasmación al cine de un nuevo concepto de cómic en el país.
Uno de los ejemplos más representativos fue sin duda "Il Gigante di Metropolis" a finales de 1961, película maldita donde las haya que apenas funcionó en su día y se proyectaba básicamente en sesiones dobles "de género", junto a producciones harto inferiores como "El gladiador invencible" (Il gladiatore invincibile, 1961) o similares.
Programa doble de serie B
Lo cierto es que debido a su extraña heterogeneidad, mezcla imposible entre Péplum (o cine de sandalias) y ciencia ficción kitsch, resulta comprensible que se la etiquetara como tal, pues a buen seguro desconcertó de tal modo que pasó comprensiblemente inadvertida y fue relegada al ostracismo.
Con nuestra mirada actual, el cariño suficiente y sabiendo contextualizar de manera adecuada la propuesta, "El Gigante de Metrópolis" (también conocida como "¡Alerta Metrópolis!") se muestra a día de hoy como una joya a reivindicar con celeridad, que opta, sino acaricia, la categoría de obra maestra.
El responsable de dicha gesta no es otro que Umberto Scarpelli (1904-1980), un cineasta eventual que casi siempre trabajó como segunda unidad o incluso jefe de producción (en el clásico "El Ladrón de bicicletas", nada menos), pero que se prodigó bien poco como autor, con apenas 4 títulos menores en su haber. Sin embargo, el trabajo de Scarpelli no tendría mayor relevancia si no se hubiese rodeado de un equipo técnico y artístico de primer orden, con muchísima experiencia y que elevaron, sin el menor género de dudas, todos los aspectos realmente importantes del film, sobre todo la fotografía y todo el apartado conceptual.

Hace 20.000 años, una avanzada civilización en la Atlántida
El Rey Yotar, convencido de ganar la lucha al orden natural establecido
Situar la acción hace más de 20.000 años en una metrópolis futurista (la Atlántida) liderada por un tirano obcecado con ganar la partida al orden de la Naturaleza gracias a los avances tecnológicos, y con un ejército de "zombis" a su merced (aquí usan el eufemismo "vida artificial"), resulta cuanto menos llamativo.
Si a esto le añadimos a Obro, el hércules de segunda con una misión (el limitado Gordon Mitchell), las obligadas bellezas luciendo escote, conflictos dinásticos, bailes rituales, trampas magnéticas desintegradoras de carne o el inevitable romance exprés, el film se vuelve completamente irresistible. Lo que a priori pueda sonar estereotipado y tópico, acaba siendo todo lo contrario cuando observamos los derroteros por donde transita el film.
Nuestro musculoso héroe, Obros, siendo capturado.
Los cromados rojizos tan característicos de futuras producciones y/o géneros
Perspectivas de cámara nada desdeñables dentro de un planteamiento naïf pero loable.
Nada tiene desperdicio en este inaudito cóctel; experimentos insólitos por surrealistas (el rey maldito Yotar busca trasplantar el cerebro sabio de su padre, vivo aunque momificado, a su pequeño descendiente Elmos, para así crear el discípulo perfecto), orgías de "mentes ausentes" precedidas de extrañas danzas de cortejo los días de luna llena, guerreros trogloditas, enanos de las cavernas, torturas con rayos de luz e incluso discursos acerca del cambio climático, el daño de los avances tecnológicos hacia la vida humana y sus repercusiones en el entorno (con final dramático marca de la casa), convierten a esta "El Gigante de Metrópolis" en una absoluta rareza digna de un serio estudio sociológico.

Un estupendo trabajo de iluminación pone la guinda a un proyecto inusual
El cortejo pre-orgía, un ritual de lo más singular.
No podían faltar esos encantos femeninos que encandilen a nuestro maduro héroe
Acorde con la propuesta, destaca por encima de todo su excelente fotografía de cromatismos magentas y juegos en claroscuro, al más puro estilo Mario Bava, un acertado tono "de viñeta" en su puesta en escena (de nuevo, acercándose a los futuros fumettos, sólo hay que ver el refugio a lo Diabolik del fornido protagonista), una banda sonora minimalista e inclasificable (obra de Trovajoli, al igual que "Seddok"), o unos decorados que, aunque baratos y de singular desfachatez, consiguen crear una atmósfera de irrealidad formidable, como de paraíso atemporal.
Hay quien incluso ha visto en el film la antesala de la serie "Star Trek", de 1966, por las similitudes con las puertas de palacio, la estética del entorno, las vestimentas y uniformes de los mandatarios o sus instrumentales tecnológicos, además de ciertas armas "en pinza" bastante inolvidables.

Escenarios imposibles en un film de lo más especial
Surge el amor entre la hija del tirano y nuestro apolíneo justiciero, dentro de una improvisada cueva-picadero
Nuestro héroe vence por turnos a unos soldados "artificiales"
Lo que sí podemos asegurar es que recoge el testigo de films previos como la citada "Seddok", películas valientes que unen géneros de naturaleza bien distante (péplum, sci-fi, épico, aventuras o incluso horror), creando una mixtura entre fantasía y surrealismo teñida de romántica heroicidad. Todo un acontecimiento para el cine de los 60, por su originalidad, asumida ingenuidad y poderío visual, y con una irresistible moraleja donde el Amor, es la verdadera fuente de vida.

La fotografía tiene una importancia más que evidente en el film

Del desmayo y rescate, al catre. Un pre-Diabolik en todo su esplendor

viernes, 4 de noviembre de 2016

EL HIJO DE GODZILLA (1967)

Para 1967 el Kaiju Eiga estaba experimentando una rápida decadencia debido a la multitud de films similares, y que en muchas ocasiones resultaban baratos o sin gracia, lo que hizo que rápidamente se perdiera el respeto por el género.
Con Gamera convertida en amiga de los niños y teniendo éxito gracias a ello, Godzilla parecía condenado a renovarse o morir. A alguien se le ocurrió que sería buena idea que el saurio radiactivo tuviera un hijo y lo viéramos mostrando su lado paterno para horror del fan más purista. El hijo de Godzilla es un film donde repite prácticamente el mismo equipo técnico de la anterior pero con peor fortuna.
En una isla tropical, unos científicos dirigen experimentos meteorológicos y se encuentran con enormes mantis y una gigantesca araña que está atacando al hijo de Godzilla. El gran monstruo volverá para defender a su hijo...
Jun Fukuda vuelve a sacar partido de la ambientación en una isla paradisiaca, esta vez asediada por insectos gigantes mutados por la radiación. Es de destacar que las dos nuevas incorporaciones al bestiario de la saga, Gimantises y Spiega, no sean hombres disfrazados (cosa imposible), sino elaboradas marionetas movidas por hilos. El resultado final es espectacular y superior a producciones americanas de la época.

Las Gimantises a punto de darse la gran merendola
Uno de los momentos más bochornosos, la indígena de buen ver dándole cocos al hijo de Godzilla
Godzilla resulta ser un padre severo que no le pasa ni una a su hijo
Algunos pensarán, ¿Godzilla tiene un hijo?, ¿entonces resulta que Godzilla es una hembra?, ¿hermafrodita?, ¿de dónde leches ha salido este huevo?; ninguna de estas preguntas tienen respuesta en este film.
Aparece un huevo de la nada y de éste nace una criatura grotesca que dicen que es el hijo de Godzilla, pero ninguna explicación sobre su origen o procedencia.
Godzilla aparece con un nuevo aspecto mucho más humanizado y es gracioso a la par que algo ridículo verlo ejercer de padre severo con su inadaptado hijo Minya, el cuál no deja de cometer torpezas, como pisarle la cola a su padre o no lograr ni por asomo lanzar su aliento radiactivo a toda potencia. La primera aparición de éste es sencillamente horripilante, con un muñecote de aspecto penoso y cercano a un feto movido por hilos.


El resto del metraje, y bajo el disfraz del pequeño monstruo, se ocultaba el actor Little Man Machan, quien se convirtió en campeón de wrestling en Japón. El film sigue el tono de aventuras de Los monstruos del mar (1966), aunque a raíz de la excelente aparición de la araña gigante Spiega, el ritmo va decreciendo hasta llegar a una batalla alargada en exceso.
Aunque ése final, con toda la isla nevada y padre e hijo fundiéndose en un abrazo antes de quedarse congelados, es de una calidad visual fantástica (y que queréis que os diga) hasta hace que salga alguna que otra lagrimilla.
El hijo de Godzilla no es tan ofensiva como puede parecer, porque aún resultando ser un film de marcado tono infantil, con situaciones sonrojantes protagonizadas por el vástago del saurio, es un agradable film de aventuras que no pierde cierto encanto. El público no pareció encontrarle la gracia a esta nueva entrega de la saga, 2,5 millones de espectadores le dieron una oportunidad. Las recaudaciones de los films de Godzilla iban bajando cada vez más...
(Redactado por Adrián Roldán)

LOS MONSTRUOS DEL MAR (1966)

Tras Los monstruos invaden la tierra (1965), se decidió dar un cambio de timón dentro del equipo creativo de la saga, algo arriesgado, ya que suponía sustituir al gran Ishiro Honda (cansado del rumbo que estaba tomando su criatura), por otro director con otras perspectivas.
El elegido fue finalmente Jun Fukuda, un director que había abordado el género fantástico con una propuesta interesante sobre la teletransportación y los asesinos en serie como The secret of the Telegian (1960). Fukuda era un director que además se manejaba bien frente a bajos presupuestos, no daba problemas y entregaba los trabajos dentro de los márgenes directivos de la Toho, algo adecuado para estos momentos de la saga.
Jun Fukuda es un director bastante odiado entre los fans de Godzilla, ya que fue director de algunas de las peores y más infantiles entregas de la saga ofreciendo films muy pobres, terribles y totalmente "Ed Woodianos".
Antes de eso ofreció "Los monstruos del mar", una entretenidísima entrega del saurio radiactivo llena de vitalidad, optimismo y ritmo, que es una de mis favoritas de la saga clásica.
En el film, una misteriosa isla ha sido colonizada por una extraña organización terrorista de tintes comunistas llamada Red Bamboo, que ha esclavizado a la población indígena y que se dedica a la fabricación de bombas atómicas. En esta isla vive la langosta gigante Ebirah, que se encarga de devorar a todos aquellos que intentan escapar del lugar, hasta que un rayo despierta a Godzilla, dormido casualmente en el interior de una gruta de la isla.

Godzilla busca una langosta para la paella del domingo
¿El Profesor Serizawa? ¡No! El villano de turno
Mothra también se apunta a la fiesta realizando un cameo final
Un film que sorprende ya de primeras, ambientándola en un escenario totalmente nuevo alejado de las grandes urbes y metrópolis asoladas por la destrucción. El film tiene lugar en una isla paradisiaca perdida en medio del Pacífico, llena de criaturas monstruosas, lo que conecta aún más con clásicos como King Kong (1933); además, esta ambientación fue perfecta para abaratar costes y ahorrarse las enormes maquetas de Tokyo que debían ser destrozadas.
Los monstruos del mar fue originalmente un proyecto para una nueva entrega del King Kong japonés (el primer guión tenía por título Kingu Kongu tai Ebirah), pero fue descartada para incorporar en el último momento a Godzilla. De ahí varios detalles curiosos y simiescos de los que somos testigos en el film: Godzilla es devuelto a la vida por la electricidad (algo que conecta con King Kong contra Godzilla (1962) cuando el simio recoge energía de las tormentas), o cuando el saurio se queda embelesado con la nativa buenorra.
Haruo Nakajima antes de ahogarse
La película entra de lleno en los terrenos del cine de aventuras más juvenil, con un trío de adolescentes tardíos (presentados en el film en una psicotrónica competición de swing y rock and roll). Este tono más ligero lleno de playas paradisiacas, indígenas, ladrones con honor, villanos de medio pelo... acaba beneficiando a la película hacia un tono muy agradable de ver. Siguen las influencias americanas, esta vez de James Bond (que ya triunfaba en la época), con una organización llamada Red Bamboo (con reminiscencias del comunismo) y que es una Spectre de segunda.
Los efectos especiales, sin ser brillantes, consiguen buenos momentos en general, como esas apariciones de la pinza gigante de Ebirah entre los mares tormentosos y atrapando marineros. Los monstruos que aparecen en esta ocasión siguen un patrón más realista y lógico que anteriores criaturas; aquí aparece Ebirah, la langosta gigante, o un pajarraco desbocado; además vuelve Mothra en una escena final algo pobre técnicamente hablando.
En el apartado actoral volvemos a ver caras conocidas como Akira Takarada (4ª aparición en la saga), interpretando al anti héroe de la historia, o a Akihiko Hirata (también 4ª aparición en la saga), como gran villano, interpretando a una versión oscura y de serie B del profesor Serizawa del primer Godzilla (¡con parche incluido!).
No faltan los indígenas de saldo (actores japoneses pintados de marrón), donde destaca la atractiva Kumi Mizuno. Como desgraciada curiosidad, el héroe dentro del traje de Godzilla (y de infinidad de criaturas) Haruo Nakajima a punto estuvo de morir ahogado en las escenas acuáticas del film, ya que el tubo que le administraba oxígeno se separó del traje y no tenía manera de avisar al equipo de la película. Afortunadamente, todo quedó en un susto.


Los monstruos del mar es una muestra agradable y muy entretenida de la saga, que sorprende por su cambio de tono y acción y que obtuvo una decente respuesta del público, con 4,2 millones de espectadores. El film no se estrenó en cines de Estados Unidos y fue directa a televisión.
(Redactado por Adrián Roldán)

miércoles, 1 de octubre de 2014

THE AMAZING SPIDER-MAN 2: EL PODER DE ELECTRO

Tengo que reconocer una cierta saturación de cine de superhéroes tras unas cuantas decepciones que me he llevado ultimamente, donde afortunadamente Guardianes de la Galaxia ha sido un pequeño soplo de aire fresco, rompiendo el esquema repetitivo de muchas de las adaptaciones de Marvel. Empezando por la más que aburrida saga de Thor; un Lobezno inmortal que desaprovechó del todo las inmensas posibilidades que ofrecía su ambientación en el lejano Japón; una primera entrega del Capitán América bastante pobre o Iron Man 3 que ya ofrecía los últimos estertores de una saga demasiado exprimida.
Respecto al héroe del que hablamos hoy, soy de los que encuentra decente e interesante el trabajo que realizó Sam Raimi con su adaptación al cine del arácnido, a excepción hecha de la flojísima tercera entrega, por supuesto.
Que se rodara un reboot tan poco tiempo después y teniendo en cuenta el mal sabor de boca que me dejó el tercer film de Raimi, hizo que la esperara con cierto ánimo para reencontrarme con un héroe con el que disfruté leyendo sus aventuras de pequeño. Sin embargo, no me convenció nada la primera entrega perpetrada por Marc Weeb: una película que desde mi punto de vista no cumplía con lo que se le tiene que pedir a una buena adaptación de un cómic: es decir, que guarde un buen equilibrio entre entretenimiento, respeto con la obra original y tenga unos personajes/actores bien elegidos.


Desgraciadamente el nuevo producto patinó traicionando muchas de las bases del personaje de Parker (reconvertido aquí en un chulito de instituto que ha perdido la timidez y se permite morrearse con Gwen durante la ceremonia de graduación, o que no tiene problemas para ligar cuando quiere, ni tiene que trabajar para pagarse los estudios, ni ayudar en casa, etc...), porque a algún avispado guionista le debió parecer más "cool" hacerlo así y punto.
Tendremos amor, amor y más amor en esta entrega...
Si a todo ello le sumamos un protagonista insufrible, Andrew Gardfield (Spidey-Parker), el drama está servido. Con él todo son caritas, morritos y gestos que poco tienen que envidiar a Sandra Bullock en uno de sus típicos papeles romanticones. Un guapo en acción que no encuentro que esté por encima de lo que ofreció Tobey Maguire en la anterior saga.
A pesar de ello y con ánimos de intentar pasármelo bien, cuando he tenido un rato me he decidido a ver su secuela con la esperanza de que habrían sabido darle un mejor equilibrio, pero desde bien al principio me he tenido que llevar las manos a la cabeza. Si obviamos la primera escena de los padres de Peter en el avión en la que parece que se quiere dar importancia a la trama que llevó a su muerte; arrancamos con una secuencia bastante lamentable, con un lumbreras ruso perpetrado por un Paul Giamatti en horas muy bajas, en el rol del eterno ladrón de plutonio, que siempre queda guay desde los tiempos de la Guerra Fría (buen comodín Sr. Guionista). Si a su caracterización rozando lo borderline le sumamos que intenta llevarse el furgón con el plutonio arrastrándolo con un enorme camión grúa por una de las ciudades de mayor circulación del mundo, solo nos quedan dos opciones, apagar el cerebro y aplaudir tamaña osadía o salir a respirar aire fresco para recuperarnos del ostiazo que nos acaban de meter (que desgaciadamente solo es el primero de muchos). Como sea, seguimos adelante para adentrarnos en la verdadera trama del film, por un lado profundizar en la relación de Peter con Gwen (Emma Stone), donde Parker se enfrenta al dilema de cumplir la promesa que le hizo al padre de ella antes de que muriera y alejarse de su lado o dejarse llevar por sus sentimientos. Y por otro lado la aparición del villano de turno, que todo hay que reconocerlo es mejor que el insustancial lagarto de la anterior entrega. Tanto Jamie Foxx dando vida a Electro como Dane DeHann como Norman Osborn, están convincentes y le dan mil patadas al teórico protagonista. Tanto el diseño de Electro como el del Duende Verde son notables y en ese aspecto nada hay que reprochar. Se nota asimismo una cierta influencia de El caballero Oscuro de Nolan, pues parece que se ha buscado darle un toque más sombrío que funciona a ratos creando una atmósfera más opresiva. La película tiene algún que otro aislado detalle brillante como las escenas del arácnido moviéndose entre los rascacielos de Nueva York con cámara subjetiva, realmente muy logrados, así como unos movimientos plásticos de verdad. El resto ya es otra cosa.

Electro a punto de manifestar todo su poder en medio de la gran isla...
Parker preparándose para combatirle... con una batería...

Sin embargo uno de los puntos más débiles del film es uno tan importante como el guión y su estructura (ya está bien de la típica cantinela "¿qué le vas a pedir a una peli de superhéroes?", exijamos una buena historia como fue la primera película de Iron Man). Aquí queriendo abarcar demasiado, abriendo muchos frentes solo para terminar dejando cabos sueltos sin resolver, jugando como una serie de TV que emplaza a sus seguidores hasta el siguiente episodio. Si la escena inicial parecía anunciarnos que la trama de los misterios de los padres de Peter tomaría relevancia, luego queda en el olvido y pasamos a otra cosa sin problemas. Como la interminable y cansina love story donde primero Gwen corta con Peter, se reconcilian, vuelven a romper, y así hasta el infinito; donde muchas de sus conversaciones son bochornosas, solo aptas para quiceañeras.
Gran caracterización del duende Verde
Mientras tanto Electro hace de las suyas haciendo cundir el pánico en la ciudad y odiando a muerte a partir de ese momento a Spiderman (simplemente por no recordar su nombre, sí, así es, una gran motivación para arrasar la ciudad). También asistimos el regreso de uno de los grandes amigos de Peter, Norman Osborn, hijo del fundador de la gran corporación Osborn; así entre ambos se irán alternando para poner en jaque a Spidey.
El ritmo y montaje tampoco ayudan, sumándose a la moda del "estilo" J. J. Abrams, o lo que es lo mismo, bombardear sin pausa al espectador con artillería pesada desde el primer minuto intentando no dar tiempo para pensar y ver las lagunas de la historia. Un continuo atropello de escenas sin pausa, donde vamos de un lado para otro a lo largo de unas eternas 2h30 asistiendo a no pocas incoherencias, cambios respecto al cómic y tonterías varias.
Un par de ejemplos más de cambios respecto al cómic podrían ser que tía May ha pasado a ser un personaje de relleno que ha perdido la identidad que tenía en las historietas, donde odiaba al arácnido con todas sus fuerzas, dando un punto dramático a la relación que Peter tiene con ella, mientras que aquí ha pasado incluso a extrañarle y desearle lo mejor. También se ha prescindido por completo de la faceta periodística de Peter Parker y su presencia en el Daily Bugle para vender fotos del arácnido a su irascible jefe, todo un clásico que se hecha de menos.

Plasticidad arácnida...
El bochorno en persona....
Y alguna tontería o incoherencia del guión para seguir disfrutando, como que Norman Osborn esté aquejado de una enfermedad genética incurable, dedicando gran parte de su tiempo y recursos para encontrar un remedio, pero finalmente tras 60 años termina pereciendo por culpa de esta enfermedad, no sin antes anunciarle a su hijo Harry que él también sufrirá el mismo destino. Como quien no ve la cosa, se ve que la noticia debe acelerar el metabolismo del joven heredero del imperio Osborn, pasando de sufrir un ligero temblor en la mano a estar terminal en cuestión de días, lamentable.
Asistimos atónitos a una escena donde Spider-man detiene a Electro gracias a una manguera mientras lleva un casco de bombero, para acto seguido chocar los 5 con un par de bomberos... ¿Alguien da más? ¿Pues qué tal imantar los lanza telarañas con una batería de coche y que resista toda la electricidad de Nueva York? No hay más preguntas su señoría, yo tampoco entiendo nada. Pero una película con un arranque tan épico como la secuencia del furgón de plutonio, no podía permitirse terminar con una menos mítica. Giamatti es liberado (no preguntéis como, no hay respuesta, amigos) y le dan a semejante personaje una armadura robótica de rinoceronte armado hasta los dientes, para dedicarse a gritar y a disparar misiles sin sentido en medio de la ciudad. A pesar de las explosiones y el riesgo evidente de muerte, la gente tranquilamente se lo mira desde detrás de una barrera como si no pasara nada o si de un partido de fútbol se tratara, mientras la policía es arrasada a pocos metros de distancia. Chapeau, señores, lo han logrado de nuevo, espero con terror la tercera entrega.

http://www.filmaffinity.com/es/film268783.html

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...