sábado, 25 de mayo de 2013

EL FUEGO FATUO (1963)

"La vida, conmigo, no transcurre lo bastante deprisa, así que la acelero.... la corrijo. Mañana me mato". Así de contundente es Alain Leroy mientras se pasea el cañón de su pistola por la cara tras escuchar que su alcoholismo parece estar médicamente superado.
Tampoco vemos que se sienta reconfortado con las palabras de ánimo del doctor a su cargo:
- Alain...la vida es algo bueno.
- ¡Dígame en qué!, doctor. Responde amargamente.
Esto es lo que nos deparan los primeros minutos de El Fuego Fatuo (Le Feu Follet, 1963), uno de los films más aclamados (y difíciles de digerir) que ofreciera la Francia de principios de los 60.
Intencionadamente rodada al margen de la -para muchos- irritante y a menudo inaccesible Nouvelle Vague, pero con algunos inevitables puntos en común con este movimiento, el film de Louis Malle centra su discurso en el último día y medio con vida del citado Alain, un adulto cansado de su existencia que ha tomado una trágica determinación, suicidarse al día siguiente.
Conocedor de que su acomodada estancia en el sanatorio de desintoxicación llega a su fin y sin nada que le espere fuera, Alain decide salir a París a despedirse de aquellos que, de un modo u otro, han dejado huella en su vida.

Alain con su arma. Mañana se mata.
Durante su viaje, trataremos de entender las frustraciones que le consumen, el por qué de tamaña decisión y los entresijos de su vida pasada, que tanta herida parece haberle dejado.
El suicidio nunca debería convertirse en una salida, pero lo será para Alain, ya que entiende que ha perdido por completo su identidad y no le queda nada; ni tan siquiera su ausente mujer americana, tan lejos que ya no le importa.
Años atrás, su fama de chico irresistible, de juerguista y Don Juan, era sonada en París. Su estela llegó casi a ser legendaria, como así lo recuerda el chico que estuvo a su lado en los San Fermines, el tipo que rememora sus valientes carreras en Karts por la ciudad, más un sinfín de recuerdos del estilo que alimentan su ya irreconocible estampa.

Los mejores momentos, sus antiguas conquistas.
La sombra en el cristal no engaña a nadie... Alain no paseaba solo...
El ahora sobrio y sombrío Alain, el que un día fuese un auténtico vividor, sin empleo conocido y pernoctando de hotel en hotel, de infinitas correrías y con una larga lista de conquistas a sus espaldas, quiere dejar este mundo. Ya nada de aquello le compensa, incluso aquél infalible atractivo de antaño parece no afectar a las jóvenes actuales, que sólo ven en éste un adulto desfasado o quizás, como el mismo Alain confiesa, llegar a parecerles un "señor amable".
A todos les avisa que se va, que les deja. La jornada dará para mucho; reuniones incómodas, varios intentos de que frene su impulso, falsedades varias y caras de incredulidad ante lo que para todos parece ser casi otra broma más del antiguo Alain.
Basada en la novela homónima de Pierre Drieu La Rochelle, la obra de Malle desprende una fuerte dosis de melancolía y sufrimiento, no cabe duda, además dentro de un encuadre tan derrotista como decadente en términos cinematográficos, pero también consigue emanar un cierto tufo a verdad, a dolorosa y casi poética verdad en su interior.

Despidiéndose sinceramente de sus amigos Parisinos
De todas formas, el astuto Malle se las arregla para que nuestro compromiso con el protagonista no sea total, mediante una puesta en escena muy concreta y pretendida. Nada de planos subjetivos, nada de complicidad con Alain. La cámara no juega con ser primera persona, mas si plantea un juego de cámara "espía", que cuenta pero no juzga, enseña pero no se entromete, que nos aleja lo necesario para evitar perjudicarnos.
Acompañaremos pues al derrotado Alain (un Maurice Ronet realmente idóneo) en su espiral de pensamientos negativos, de autoconvicción pesimista sin remedio. Pero hay más capas de lectura.
El mundo del cual él se despide también parece estar podrido, no descubre signo alguno de alegría por vivir ni motivos suficientes para seguir en él. Y así nos lo muestra, un mundo ya muerto.
Sus amigos, todos ya socialmente adormilados, parecen zombies encerrados en sus hogares, gentes de personalidades anuladas sin ninguna proyección vital. Igual con sus amantes, conocidos, las enfermeras... nadie parece estar realmente vivo. Film pues determinantemente sobrio (que no aburrido), denso (pero no sesudo) y tranquilo (aunque no lento), que en ningún momento recurre a la trampa (aunque si al cartón, como demuestra la escena del reflejo en los cristales (ver foto)). La película tan sólo es culpable de mirar hacia esa angustiosa realidad de alguien, que no quiere estar en este mundo, que le asquea ya su vida.

Un último paseo por Paris. Ya nada es lo que era. 
Pasen y vean pues, y valoren la última jornada y media de Alain en este planeta por ustedes mismos gracias al notable film de Luois Malle. En mi opinión, una película dolorosa pero que no se esconde, sincera como pocas.



3 comentarios:

  1. Reescribo:

    Magnífica película. De mis preferidas. Cuando tenga el blog nuevo, colgaré la que hice sobre el punto de vista de la misma peli.

    "El suicidio nunca debería convertirse en una salida". ¿Por qué no? Otra cosa es que haya/falte valor.

    ¡Saludos!

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    Respuestas
    1. Sigo firme en mi idea de que el suicidarse no "deberia" convertirse nunca en una salida. Si se comete, es justamente por ausencia de valor y coraje ante una situación que te supera, que te desborda.
      Nunca he pensado que haya que ser valiente para suicidarse, tan sólo estar atravesando una época de absoluta ofuscación vital. Pero seria un debate extenso, como diria Echarri...

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    2. Sí, podríamos extendernos, efectivamente, como diría nuestro querido y admirado Echarri (ya es ídolo, casi).

      Pero el suicidio se debería de ver como un derecho. Allá cada cual con su vida. Esto de seguir por seguir... Qué daño ha hecho (y sigue haciendo) la moral cristiana, Jesús. Piénsalo. Ahí está, en el extremo, la eutanasia, sin ir más lejos.

      Al final no lo compartirás. Más que probable.

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